Han pasado doce años desde que el arquitecto holandés Rem Koolhaas dio a conocer su concepto de “la ciudad genérica”, una extensa metrópolis de edificios repetitivos centrados en un aeropuerto y habitada por una tribu de nómadas globales con pocas lealtades locales.
Su argumento era que en su profunda igualdad, la ciudad genérica era un reflejo más preciso de la realidad urbana contemporánea que las visiones nostálgicas de Nueva York o París. Ahora, Koolhaas podría tener la oportunidad de crear su propia versión.
Diseñado para Nakheel, una de las compañías constructoras más grandes de los Emiratos Árabes Unidos, el plan maestro de Koolhaas para la propuesta Waterfront City, en Dubai, simularía la densidad de Manhattan en una isla artificial en las aguas frente al Golfo Pérsico. Una mezcla de torres sin chiste y esporádicas manifestaciones arquitectónicas audaces, establecería a Dubai como un centro de experimentación urbana así como una de las metrópolis de más rápido crecimiento del mundo.
El proyecto de uso mixto, sorprendente en escala, es una crítica cuidadosamente considerada no sólo de la ciudad genérica sino de un mal potencialmente mayor: el creciente uso de la arquitectura sofisticada como una herramienta para la autopromoción.
Para Koolhaas, esta estrategia reduce a las ciudades a parques temáticos con baratijas arquitectónicas que disfrazan una homogeneidad subyacente.
La estrategia de Koolhaas es no rechazar ninguna tendencia por completo sino localizar el potencial oculto y sin explotar de cada una, o como dice él, “encontrar optimismo en lo inevitable”.
En Dubai, Koolhaas y su Oficina para la Arquitectura Metropolitana parecen, a primera vista, simplemente haber combinado los dos conceptos, al crear un híbrido de lo genérico y lo fantástico. El corazón del desarrollo sería la isla, que estaría dividida en 25 cuadras idénticas. Hileras ordenadas de torres —algunas altas y delgadas, otras planas— bordean las cuadras, como si un fragmento de Manhattan hubiera sido extirpado con un bisturí y reinsertado en el Medio Oriente.
La monotonía es rota por estructuras de uso mixto, cuya inmensa escala y energía formal se inspiran en ejemplos míticos de la historia arquitectónica.
Una torre en espiral, de 82 pisos, podría haber sido inspirada por el minarete de la Gran Mezquita de Samarra del siglo IX, en Iraq; una enorme esfera de 44 pisos trae a la mente las formas simbólicas de Étienne-Louis Boullé, arquitecto del siglo XVIII.
La forma en que Koolhaas aborda el aislamiento de la isla plantea las interrogantes más difíciles. Si su isla de torres densamente agrupadas evoca un fragmento de la gran metrópolis del siglo XX, también puede conjurar a su gemela distópica: una versión miniaturizada de una ciudad de torres relucientes construidas para la élite global, atrincherada contra los pobres de la urbe.
Luego está la cuestión de la escala. La isla es aproximadamente del tamaño de un pequeño barrio urbano. ¿Acaso es lo suficientemente grande para sostener el denso tejido social que busca Koolhaas? ¿O es más probable que se convierta en una nueva especie de enclave privado, arquitectónicamente estupendo, pero profundamente excluyente? ¿Acaso su tamaño compacto facilita el cerrarla a presuntos indeseables?
Independientemente de las respuestas, el diseño de Koolhaas demuestra una vez más que es uno de los pocos arquitectos dispuestos a enfrentar la crisis de la ciudad contemporánea —desde su creciente superficialidad hasta su aislante esterilidad— sin amedrentarse.