Una mañana, en la escuela local Humboldt Gymnasium, el maestro Jens Augner, de unos 40 años, aplicó un examen a sus alumnos de segundo de secundaria de entre trece y catorce años. Como parte de un programa piloto, ha introducido un nuevo libro de texto de historia al programa de estudios: para ser exactos, un cómic sobre el Holocausto, titulado “La búsqueda”.
Entre otras cosas, el libro muestra lo lejos que han llegado los cómics como medio cultural que se toma seriamente en Alemania, y también lo lejos que ha llegado el Holocausto como un tema que una nueva generación de adolescentes alemanes está reconsiderando.
Da la casualidad que el Presidente francés, Nicolas Sarkozy, recientemente acaparó los titulares en toda Europa y otras partes, cuando de pronto anunció que, a principios del próximo otoño francés, cada uno de los alumnos franceses de quinto año estudiarían la vida de uno de los once mil niños franceses muertos durante el Holocausto (“Obsceno”, respondió el filósofo Pascal Bruckner. No fue el único con ese sentir).
En la portada de la nueva historieta, una adolescente llamada Esther huye a toda velocidad de un camión lleno de soldados nazis.
En el libro enfrenta un dilema: un policía la dejará huir, si quiere, en vez de seguir a sus padres a los campos.
Augner les preguntó a los estudiantes qué habrían hecho en lugar de Esther. Las manos se alzaron.
“Sus padres habrían querido que se escondiera”, especuló una joven.
Muchos estudiantes dijeron que habrían ido tras sus padres. Una declaró que moriría por ellos. En ese momento se dejó oír un callado compañero de clase : “Es cuestión de si uno quiere morir solo”.
El Holocausto sigue siendo un tema obligado que se enseña como un acontecimiento excepcional en Berlín, y los alemanes aún parecen luchar casi ansiosamente contra su propia vergüenza y culpa históricas. Pese a ello, pocos niños alemanes en edad escolar hoy pueden ir a casa y preguntarles a sus abuelos, mucho menos a sus padres, qué hicieron mientras Hitler vivía. Paradójicamente, esto parece haber liberado a los jóvenes alemanes —los adolescentes, en todo caso— a hablar más abiertamente y de nuevas formas sobre los nazis y el Holocausto.
En la historieta, Esther les relata a sus nietos lo que le sucedió a su familia, y en el proceso surgen datos sobre el ascenso de Hitler, sobre las deportaciones y los campos de concentración. Sin disculpar a nadie o repartir la culpa, el cómic, en vez de enfocarse en Hitler y la geopolítica, hace énfasis en ejemplos en los que individuos comunes y corrientes enfrentaron dilemas, actuaron egoísta o ambiguamente: se mostraron como humanos. La familiaridad e inmediatez del medio ayuda a condensar un vasto tema a sólo unas cuantas vidas a una escala que pueden entender los lectores jóvenes, y también los viejos.
Esta nueva historieta, dijo Augner, habla a “una generación diferente de estudiantes”. “Enseña el tema”, continuó, “así que ya no sólo se trata de víctimas y victimarios”.
Cuando un visitante les preguntó a los alumnos de Augner cuánto se identificaban con los alemanes que pelearon la guerra, parecían ligeramente confundidos. “Fue otra generación”, dijo uno, mientras se encogía de hombros. En esa respuesta una página de la historia parecía dar vuelta.
Una tarde, Dilek Geyik, maestra de escuela en capacitación, de 30 años, se preparaba para presentar el cómic a sus estudiantes en otra preparatoria de Berlín. Allí los estudiantes, en su mayoría, provienen de familias de clase trabajadora, y de vez en cuando las tensiones afloran entre los inmigrantes y los adolescentes de ala derecha.
Geyik, hija de inmigrantes turcos, está acostumbrada a responder a la pregunta, ¿de dónde eres? A diferencia de mucha de la gente que le hace esa pregunta, ella nació y se crió en Berlín; es una berlinesa nativa. Pero con un nombre turco, muchos alemanes simplemente la consideran extranjera.
“Cuando me enseñaron sobre el Holocausto en la escuela, sentí que podría alejarme del tema de manera que los estudiantes alemanes no podían, porque no era sobre mí”, recordó. “La historia era algo que se suponía que llevaban en silencio. Pero ahora ya no hay demasiados testigos, así que la conexión directa no está allí para los niños”.