Desde hace mucho tiempo, la tranquila capital de Siria ha sido un destino popular para extranjeros que quieren aprender árabe. Atraídos por la ciudad vieja encantadoramente bien preservada, un dialecto árabe fácil de entender y colegiaturas subsidiadas por el gobierno, miles de alumnos extranjeros se inscriben en institutos de idiomas en Damasco todos los años.
Algunos alumnos no son musulmanes; otros son seguidores devotos del Islam, empeñados en profundizar su fe islámica durante un año o dos en Damasco.
Los dos grupos drásticamente diferentes de alumnos se intersectan en el secular Instituto para la Enseñanza del Árabe a Personas No Árabe- parlantes, refundido en una calle poco transitada detrás de una hilera de embajadas en el moderno barrio de Mezze.
Mujeres con el rostro cubierto por un niqab, que sólo deja los ojos al descubierto, se mezclan en los pasillos con alumnas europas con camisetas y faldas ceñidas. El instituto es uno de un puñado que puede patrocinar a estudiantes extranjeros para la residencia siria, así que incluso alumnos profundamente religiosos que prefieren estudiar en un entorno más piadoso, como la estricta escuela conservadora de la renombrada mezquita Abu Noor, deben tomar algunas de sus clases en el instituto férreamente secular.
En una sociedad fuertemente controlada, cuyo gobierno limita estrictamente a los visitantes extranjeros, el estudio de idiomas es una excepción notable y un oasis de relativa apertura. “Somos un especie de embajadores”, indicó Ahmad Haji Safar, director del instituto. “Los alumnos que vienen aquí puede llevarse a casa una imagen verdadera de Siria, no la caricatura que ven en los medios”.
Los austeros salones de clase del instituto dominan una plazoleta pavimentada. El artículo más moderno a la vista es el retrato, en el lobby, del Presidente Bashar Assad, quien asumió el poder en 2000.
Safar actualmente supervisa una renovación para llevar al instituto a la era moderna: Internet con Wi-Fi en todo el campus, laboratorios de idiomas con las computadoras más recientes y equipo para videoconferencias con un paquete de CDs y clases por Internet para que los alumnos puedan continuar aprendiendo árabe después de irse.
Aun así, sus 300 alumnos tienen que lidiar con la burocracia anticuada del estado sirio, que requiere que antes de inscribirse, los alumnos pasen por todo un proceso que incluye una prueba del sida, un examen médico y abrir una cuenta bancaria.
Durante los recesos, los alumnos tienden a agruparse según su nacionalidad o religión. Hay poco contacto entre los abiertamente devotos —proclamados por gorros islámicos para los hombres y velos para las mujeres— y los seculares. Los estadounidenses y europeos fuman afuera de la entrada de la escuela.
Los alumnos coreanos, japoneses y chinos conversan de pie en un círculo en el lobby.
Quienes preferirían un ambiente más religioso, como Marina Antonova, de 19 años, que usa un velo gris bien ceñido, afirman que la escuela tiene que hacer concesiones necesarias.
Antonova, musulmana devota de la república rusa de Tatarstán, pasó dos años en el instituto de idiomas Abu Noor, que está afiliado con una mezquita y prepara a estudiantes para carreras en jurisprudencia islámica.
Aunque Antonova dijo sentirse incómoda con el despreocupado cuerpo estudiantil en el instituto, comentó que necesitaba adquirir habilidades lingüísticas árabes más amplias; la gramática y sintaxis complejas del árabe coránico enseñado en la mezquita no serían suficientes para permitirle volver a Rusia y trabajar como traductora.
Extrañará las actitudes morales islámicas de Siria cuando regrese a casa, expresó, al señalar que el prejuicio contra los musulmanes religiosos impera en muchas partes de Rusia. “La gente en Siria es mejor, más moral”, dijo Antonova. “Tiene ética. Hay demasiados problemas en casa”.