Davit Harutyunyan, el director de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil, y Bernarda Calvo, la ex presentadora de televisión, modelo y ahora locutora de radio, se enamoraron a primera vista. Se conocieron en una entrevista, tomaron un café y llevan ya tres años de relación.
Bernarda era presentadora del programa ‘Está clarito’, de Ecuavisa, y llegó una tarde del 2004 –casi a regañadientes– a hacer un reportaje sobre la Sinfónica. Davit, graduado en el conservatorio de Tchaikovsky de Moscú, había llegado dos años antes a Guayaquil, luego de ganar el concurso para ocupar la dirección de la orquesta de la ciudad.
Sin siquiera conocerse, ella lo puso de mal humor. Entró al auditorio donde ensayaba la orquesta y al verlo tan serio chifleó tan fuerte que Davit se encolerizó. “Suena (su chiflido) como un marinero de viejo barco del siglo XVI. Yo quería matar en ese momento, pero volteo y veo una rubia impresionante, solo sonreí”, dice él.
Bernarda confiesa ahora que lo hizo porque se emocionó y tuvo ganas de molestarlo. Y para recordarlo lleva los dedos a su boca y da una muestra de ese silbido que es capaz de alertar a los vecinos y mandar al gato de su casa debajo de la mesa.
Pese a ello, Davit atendió la entrevista y fue cordial. Ella había quedado flechada y mandó a su camarógrafo que le pidiera el teléfono como si fuera para él. “Lo llamé y le dije que quería una cita con él; me dijo que bueno, que vaya. Un día equis, unos dos o tres meses después, porque tomé fuerzas, fui a la oficina de él, le di un beso en la boca y le dije que vayamos a tomar un café. Se puso furioso por el beso, pero salimos a tomar el café”.
Era una situación que no estaba en discusión para Bernarda ni bajo la batuta de Davit. Y aunque él estaba impactado con ella, confiesa que la acción sí le molestó. “Es una mujer preciosa, pero sí me disgusté porque es mi espacio profesional y allí yo soy el director de la orquesta. Otro es que no soy aventurero y para mí no era una aventura”.
Tomaron el café, pero la conversación no fluyó porque él, armenio de nacimiento, no hablaba bien el español y tampoco lograba entender el de Bernarda. “No le entendía un carajo. Lo único que entendía es que me gustaba mucho”, cuenta ella entre risas.
Al despedirse, Bernarda le planteó ser su amiga. Él accedió. Pero en realidad ella decidió no volverlo a ver porque creyó que no iban a entenderse. Y eso era una tarea complicada para ella, porque si hay algo que ama tanto como tomar un café es la plática.
Un año después, él tomó la iniciativa. Le mandó un e-mail desde Lima, donde se encontraba por trabajo, y le propuso encontrarse a su regreso a Ecuador. Davit dice que fue difícil no pensar en Bernarda durante ese tiempo, pero que estaba seguro de que iba a volver a encontrarla.
“Me llamó para que nos tomemos un café porque ya teníamos la fecha fijada. Yo sencillamente dije dónde”, cuenta Bernarda. Ella se armó de botas, jeans y una blusa negra, fueron a una cafetería en Urdesa y –con un español fluido– hablaron como nunca antes. “Y dije ahora sí y desde ese 2 de abril del 2005 nunca más nos separamos”.
Ambos son divorciados. Ella tiene 43 años y tres hijos. Él 42 y una hija. Aunque le lleva un año de diferencia, Davit asegura que en ocasiones él se siente mayor y que en otras puede estar con la boca abierta escuchando sus consejos.
“Él en su puesto de hombre y yo de mujer somos exactos. Somos apasionados, histéricos, furiosos. Somos virgo los dos. Tenemos carácter fuerte, pero lo que ha salvado nuestra relación es el amor”.
Por amor, él es capaz de seguir sus ocurrencias y por eso nunca se negó a las escapadas que ella inventaba para evitar ser blanco de algún programa de farándula. “Yo para podérmelo besuquear le decía: Davit, no conoces el cerro, que es lindo, y me lo llevaba para allá y ahí me lo besuqueaba, pero a él se lo comían los moscos y llegaba con ronchas”.
Mamá bruja
Bernarda es hija de la Guga Ayala, una conocida lectora del tarot en Guayaquil. Davit lo desconocía, pese a que ella en más de una ocasión le comentó que su mamá era una bruja. “Yo no sabía, unos amigos en Quito me dijeron: ¿Sabes quién es Bernarda? Yo les dije sí, es presentadora de televisión. Y me dicen: No, es hija de la más famosa bruja de América Latina. Tú estás fregado, hijo”.
La anécdota arranca risas y le da la pauta a Bernarda para hacer una confesión: “Yo siempre que se va de viaje lo molesto y le digo: Mira, Davit, hay una diferencia entre tú y yo, que tú no tienes mamá bruja y yo sí, así que estás jodido. Y si me vas a poner los cachos yo voy a saber inmediatamente y entonces te van a pasar cosas muy malas”.
Él interrumpe: “Van a pensar que no te pongo los cachos porque tengo miedo a eso”, pero sonríe y dice que disfruta de la mamá, no de la situación.
“Guga es admirable, puedo pasar horas de horas hablando. Lo que me sorprende en la madre de Bernarda es que nunca se equivoca. Ella me hizo creer que existe un futuro que nosotros hacemos”. Davit es supersticioso y se ha hecho leer el naipe de Guga en más de una ocasión. El tema es familiar para él, porque en su país son tradicionales el café y el tarot.
Bernarda dice que siempre buscó un hombre conversador y que disfrutara del café. Y sabía que llegaría porque la Guga se lo predijo. “Una vez le pregunté: mamá, ¿yo me voy a enamorar así como en las películas o novelas? Abrió el naipe y me dijo: Después de unos seis o siete años va a venir un hombre al Ecuador de ojos verdes, con un carácter muy fuerte y tú te vas a enamorar perdidamente de él. Va a ser público, es de tu signo y vas a trabajar en un medio de comunicación cuando lo conozcas”.
Ahora Davit bromea sobre aquello: “Vino con el equipo a hacer un reportaje sobre la Orquesta Sinfónica de Guayaquil y encontró al director titular y sigue con ese director hasta ahora”.
Se ven todos los días, almuerzan juntos y salen a seguir disfrutando de un buen café, pero cada uno vive en su casa y no han hecho planes futuros. Dicen que viven el día a día, que no han pensado en el matrimonio, pero sí en seguir por unos 60 años.
“Uno se casa y luego se divorcia y vienen las tristezas. Tenemos suficiente edad para decidir. Está bien, el matrimonio es bonito, pero dejémoselos a las personas que son solteras o más jóvenes. No hay apuro”, dice ella.
Davit se recuesta en el sofá de la casa de Bernarda. Dice que le gusta todo de ella, que han sabido sobrellevar sus caracteres y que ríe con sus bromas. Ella lo contempla y disfruta de las historias que él cuenta, de su sentido del humor y de uno que otro error idiomático.
En plena entrevista se acuerda de uno y pese a que él se resiste, lo cuenta: “Antes salía con que hoy día me voy a ir a comprar un calzón. Y si estaba sin camisa decía no me veas el pezón. Yo me hacía la tonta hasta que le dije: Davit, cal-zón y pezón es de mujer. Y entonces qué es de hombre, me dijo: calzoncillo y tetilla. Ah, claro, lo peor para el hombre. Y como es machista, era la humillación”.
Él se pone serio y le aclara que habla bien en tres idiomas (ruso, español y armenio) y que ella solo en dos. Ella se ríe y lo abraza.
¿Quién lleva la batuta de esta sinfonía? Los dos, dice ella. Davit contesta como todo un director: “Estamos tratando de hacer sonar esas dos orquestas juntas”. Y, confiesa, no ha resultado más difícil que un concierto. (K.V.)