Muchos en el país piensan que es solo un complemento para el trabajo en el campo, pero desde que se expuso en una feria de Francia en 1855 y empezó su exportación para otros no dejó de ser un artículo de lujo.
Pero para los hermanos Alicia, Gladys y Homero Ortega Salamea, herederos del negocio que no murió, pese a que la monumental obra del Canal concluyó antes de 1900, el ‘Panama Hat’, rimbombante nombre con el que le bautizó el francés Thilitte Raimondi al sencillo y humilde sombrero de paja toquilla es un arte al alcance de todos.
La originalidad del trabajo manual y la dedicación de los artesanos de Azuay, Cañar y Manabí convierten a cada sombrero en una exclusiva joya y en la fábrica Homero Ortega, de Cuenca, el valor agregado del color y la forma transforman la joya en magia.
La sencilla fibra de palma que se cosecha en Manglaralto es desmenuzada con un punzón de fierro o la gruesa y estilizada uña de los campesinos, que luego pasa por agua con azufre para blanquear las hebras hasta llegar a las manos de los artesanos.
Según las estadísticas solo existen doce maestros en Biblián (Cañar) y Manabí que logran desmenuzar aun más las fibras y en una pulgada pueden obtener entre 12 y 40 hebras, estas últimas que tendrían el grosor de un cabello, que se tejen doblados o sentados por una semana hasta lograr un sombrero de los más finos y elegantes que hoy por hoy es difícil encontrar.
El delicado proceso continúa y tarda hasta casi dos meses entre su lavado, desinfectado, secado, pichado y coloreado que no se da al azar, sino luego de un paciente trabajo de laboratorio donde se crean cada día nuevas pigmentaciones pasteles o mates.
El trabajo sale de la fábrica y regresa al artesano esta vez a los maestros compositores que a golpe de mazo y delicados toques de agua con goma le dan cuerpo; y después, con planchas de bronce que funcionan a carbón y que para muchos quedaron como antigüedades el sombrero toma brillo.
Al regresar a la fábrica la prenda es sometida a temperaturas de hasta 110 grados centígrados, donde máquinas prensadoras le dan la forma que el cliente prefiere y solo entonces las costureras dotadas de mucha imaginación le ponen al sombrero toques coquetos, graciosos y elegantes, todos entonando con los últimos gritos de la moda.
Y este es justamente el valor agregado de la prenda cuencana, en que la creatividad aflora sin límites e intenta rebasar el gusto de los clientes que están en 28 países de los 5 continentes, entre otros Inglaterra, Francia, Canadá, EE.UU., México, Panamá, Brasil, Chile, Honduras, Puerto Rico, Argentina, Alemania, Noruega, Suiza, Italia, África y Sudáfrica.
Pero el detalle en esta fábrica donde sus propietarios y trabajadores ponen amor y pasión a cada obra es justo y necesario, por eso el sombrero no sale solo, siempre podrá combinarse con una cartera para las damas y billeteras para los caballeros.
Homero Ortega, padre de los hermanos emprendedores, perteneció a una segunda generación de tejedores del sombrero de paja toquilla y su tesón abrió los mercados internacionales, pero su esposa Isabel Salamea fue pionera en transformar el artículo de trabajo de exclusivo uso varonil, en una prenda de moda dedicada a la mujer moderna.
Sus hijos se incluyeron en el negocio desde que nacieron y ahora, a los nueve años de la desaparición de su progenitor, no dejan de innovar, quieren estar en las pasarelas de alta costura y su primera experiencia será a mediados de año en el Fashion Alta Moda, de Buenos Aires.
Modelos: Verónica Ochoa (Reina Bolivariana 2007 y Miss Tierra Ecuador 2007) y Xavier Montero.
Maquillaje: Tabita Galarza. Peluquería Lucía Palacios. Roberto Crespo 5-34. Telf.: (07) 288-1473.
Locación: Ruinas Pumapungo del Museo del Banco Central de Cuenca.