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Edición del DOMINGO 9 de Marzo del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Moda 
Frescura de la paja toquilla, joyas de color de exportación
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El sombrero de paja toquilla se convierte en un accesorio ideal para protegerse del sol y lucir elegante.
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Texto: Sandra Ochoa

La exigencia de los mercados internacionales obliga a crear diseños en forma permanente y a soñar con nuevos matices y colores, que muchas veces rebasan la expectativa de los clientes.

Muchos en el país piensan que es solo un complemento para el trabajo en el campo, pero desde que se expuso en una feria de Francia en 1855 y empezó su exportación para otros no dejó de ser un artículo de lujo.

Pero para los hermanos Alicia, Gladys y Homero Ortega Salamea, herederos del negocio que no murió, pese a que la monumental obra del Canal concluyó antes de 1900, el ‘Panama Hat’, rimbombante nombre con el que le bautizó el francés Thilitte Raimondi al sencillo y humilde sombrero de paja toquilla es un arte al alcance de todos.

La originalidad del trabajo manual y la dedicación de los artesanos de Azuay, Cañar y Manabí convierten a cada sombrero en una exclusiva joya y en la fábrica Homero Ortega, de Cuenca, el valor agregado del color y la forma transforman la joya en magia.

La sencilla fibra de palma que se cosecha en Manglaralto es desmenuzada con un punzón de fierro o la gruesa y estilizada uña de los campesinos, que luego pasa por agua con azufre para blanquear las hebras hasta llegar a las manos de los artesanos.

Según las estadísticas solo existen doce maestros en Biblián (Cañar) y Manabí que logran desmenuzar aun más las fibras y en una pulgada pueden obtener entre 12 y 40 hebras, estas últimas que tendrían el grosor de un cabello, que se tejen doblados o sentados por una semana hasta lograr un sombrero de los más finos y elegantes que hoy por hoy es difícil encontrar.

El delicado proceso continúa y tarda hasta casi dos meses entre su lavado, desinfectado, secado, pichado y coloreado que no se da al azar, sino luego de un paciente trabajo de laboratorio donde se crean cada día nuevas pigmentaciones pasteles o mates.

El trabajo sale de la fábrica y regresa al artesano esta vez a los maestros compositores que a golpe de mazo y delicados toques de agua con goma le dan cuerpo; y después, con planchas de bronce que funcionan a carbón y que para muchos quedaron como antigüedades el sombrero toma brillo.

Al regresar a la fábrica la prenda es sometida a temperaturas de hasta 110 grados centígrados, donde máquinas prensadoras le dan la forma que el cliente prefiere y solo entonces las costureras dotadas de mucha imaginación le ponen al sombrero toques coquetos, graciosos y elegantes, todos entonando con los últimos gritos de la moda.

Y este es justamente el valor agregado de la prenda cuencana, en que la creatividad aflora sin límites e intenta rebasar el gusto de los clientes que están en 28 países de los 5 continentes, entre otros Inglaterra, Francia, Canadá, EE.UU., México, Panamá, Brasil, Chile, Honduras, Puerto Rico, Argentina, Alemania, Noruega, Suiza, Italia, África y Sudáfrica.

Pero el detalle en esta fábrica donde sus propietarios y trabajadores ponen amor y pasión a cada obra es justo y necesario, por eso el sombrero no sale solo, siempre podrá combinarse con una cartera para las damas y billeteras para los caballeros.

Homero Ortega, padre de los hermanos emprendedores, perteneció a una segunda generación de tejedores del sombrero de paja toquilla y su tesón abrió los mercados internacionales, pero su esposa Isabel Salamea fue pionera en transformar el artículo de trabajo de exclusivo uso varonil, en una prenda de moda dedicada a la mujer moderna.

Sus hijos se incluyeron en el negocio desde que nacieron y ahora, a los nueve años de la desaparición de su progenitor, no dejan de innovar, quieren estar en las pasarelas de alta costura y su primera experiencia será a mediados de año en el Fashion Alta Moda, de Buenos Aires.


Modelos: Verónica Ochoa (Reina Bolivariana 2007 y Miss Tierra Ecuador 2007) y Xavier Montero.
Maquillaje: Tabita Galarza. Peluquería Lucía Palacios. Roberto Crespo 5-34. Telf.: (07) 288-1473.
Locación: Ruinas Pumapungo del Museo del Banco Central de Cuenca.


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