Cuando les pregunto a los padres de familia con quienes trabajo qué es lo que más quieren para sus hijos, la respuesta casi unánime que recibo suele ser “que sean felices”. Lo grave es que, aunque a todos no les faltan buenas intenciones para lograrlo, lo que sí hace falta es claridad sobre lo que se requiere para tal propósito.
Por fortuna, hoy los expertos en la conducta coinciden con los grandes sabios de la humanidad quienes, desde tiempos inmemorables, afirmaron que la felicidad de los seres humanos es proporcional a su bondad. Hace más de 2.500 años, Buda lo aseveró cuando dijo que “si una persona es bondadosa la gente lo querrá más, lucirá un rostro radiante y su mente estará completamente serena”.
Y esto mismo fue corroborado hace un par de años por un grupo de científicos de la conducta, que lideran la nueva escuela de psicología conocida como “psicología positiva”, cuyas investigaciones los llevaron a concluir que lo que hace que las personas se sientan más satisfechas y a gusto con su vida es tener un compromiso efectivo de servir y aportar al bienestar de los demás. Es decir, que sean bondadosos.
Como la bondad de las personas emana del corazón, y los padres somos quienes ocupamos el primer lugar en el de nuestros hijos, somos nosotros los que estamos en la mejor posición para cultivarles las virtudes que los conducirán a actuar en forma bondadosa, es decir, la generosidad, la solidaridad, la compasión, la benevolencia y la voluntad de servir, por mencionar solo unas cuantas.
Así, cuando por ejemplo les exigimos que nos colaboren en la casa les estamos enseñando a que sus esfuerzos contribuyen al bienestar de su familia; cuando les inculcamos que deben ser especialmente comedidos con quienes tienen menos les estamos enseñando a ser compasivos con quienes más lo necesitan; cuando los animamos a tener más presente lo que pueden dar que lo que quieren recibir, los estamos enseñando a ser generosos. Y así sucesivamente.
Cultivar la bondad es como una fórmula mágica para alegrar el espíritu, un principio universal que nos muestra la forma más sencilla de alcanzar la felicidad.
Es difícil pensar en vivir términos de dar y darnos cuando nos han enseñado que de lo que se trata la vida es de ganar y que lo que tenemos que hacer es ganar y obtener lo más posible.
Sin embargo, si tenemos en cuenta que “uno recibe lo que da”, lo mejor que podemos hacer por los hijos es animarlos a ser personas bondadosas, porque así recibirán esto mismo de los demás. Por eso nuestra función como padres no es solo prepararlos para que “se ganen la vida”, sino ante todo formarlos para que “se ganen el cielo”. Y con esto bastará para que sean felices.