Provocan entusiasmo y chispas al mayor tiempo libre que se vive en las vacaciones. Pero también requieren responsabilidad para los adolescentes que comienzan a experimentar con el amor.
Era un viaje con amigos que se transformó en una aventura romántica. A sus 20 años, Jorge disfrutaba con cuatro amigos universitarios del rafting, paseos por senderos y farras nocturnas en Baños de Agua Santa (Tungurahua).
Y fue precisamente en una de esas noches divertidas que conoció a Karen, una suiza de su misma edad que recorría el país junto con dos compatriotas.
El romance comenzó con miradas y se concretó con un baile compartido entre risas y clases improvisadas de salsa a la hermosa europea de ojos claros. Al día siguiente ya eran una pareja romántica y ella lo invitó a acompañarla a recorrer el país. “Yo quería, pero antes debía llamar a mis padres. Les conté que me quedaría con mis amigos más días de los planeados y me fui con ella. Viajamos por el Oriente y después nos fuimos a la playa (Montañita). Fue una semana en que me sentía enamorado de ella, aunque al despedirnos en Guayaquil lo sentí como que era lo normal y lógico. Aún me sigo escribiendo con ella aunque sea cada dos meses”, comenta este estudiante de administración que vivió esa experiencia en las vacaciones de invierno del año anterior.
Las vacaciones son meses en que el romance juvenil puede asomar de manera inesperada. ¿Las razones? Se comparte tiempo con chicos y chicas que se conocen en cursos de invierno o el tiempo libre, se realizan viajes que nos desinhiben en destinos turísticos concurridos por jóvenes, y nos atrapa un ambiente de aventura que nos impulsa a acercarnos a personas que recién conocemos.
“Por eso los jóvenes deben estar alertas sobre con quién se involucran. Resulta irresponsable dejarse llevar por la emoción solo por compartir momentos románticos con desconocidos”, señala la psicóloga Cira Núñez, orientadora sexual de jóvenes y adolescentes.
Generalmente, este tipo de relación se basa en la atracción física, la cual no es suficiente para enamorarse. Así le ocurrió a Diego, 21 años, quien con sus primos solía pasar los fines de semana y feriados en una casa alquilada en Salinas.
Su vecina era Patricia, una adolescente de 18 años que en el carnaval comenzó a jugar con ellos arrojándose globos de agua, y que a los dos días ya paseaba sobre la arena con ese guayaquileño estudiante de ingeniería de sistemas. “Yo fui su primer amor, me decía ella, mientras que yo le era infiel a mi enamorada en Guayaquil. Después del feriado Patty me fue a buscar a la universidad para conversar. Allí tuvimos que despedirnos, porque yo no quería seguir siendo infiel; sin embargo, salimos una vez más, fuimos al cine, nos besamos y nunca más volvimos a llamarnos”.
De la aventura al amor
Un romance fugaz puede brindarnos felicidad pasajera sin mayor compromiso que el de pasarla bien. Sin embargo, este tipo de relación también puede ser el inicio del amor cuando se le dedica tiempo y la pareja comienza a agradarse en detalles profundos más allá de la superficialidad. Así le ocurrió a Andrea, una joven de 15 años que en un curso de deportes conoció a Andrés, de 16. “Me agradó desde que lo vi, y nos hicimos amigos jugando baloncesto. A las dos semanas él me pidió que nos amarráramos. No quise y él me insistió unos días después. No quise otra vez, pero me dio un beso y comenzamos a salir más”, indica sobre esa relación que se limitó a caminar juntos por el complejo deportivo donde tomaban el curso y a un par de salidas al cine en ese mes que compartieron.
“Cuando comenzamos clases yo sí quería seguir en la relación. Pero cuando él me llamaba por teléfono en la noche yo me quedaba dormida o bostezaba. Ya no era lo mismo”, indica esta chica que volvió a encontrarse con Andrés en el curso del año siguiente. Se amarraron y ahora tienen año y medio de enamorados.
Un lenguaje nuevo
Hablar de romances fugaces entre adolescente y jóvenes dispara un juicio apresurado, según la psicóloga Núñez: Que están mal, que son irresponsables, que deberían evitarse... Pero “no se puede hacer un juicio de valor sobre esas situaciones. Si los adultos nos ponemos a recordar nuestros amores de adolescencia nos daremos cuenta de que muchos también fueron intensos y fugaces”, explica esta profesional que agrega que tampoco se puede decir que “las chicas que tienen romances son malas, mientras que los chicos sí lo pueden hacer”.
Esa es una visión ligera porque cuando un adolescente o joven conoce a alguien que le interesa, generalmente no piensa que tendrá una relación fugaz. Simplemente busca iniciarla.
“Y como esa edad está llena de cambios emocionales, resulta común que pronto pierdan el interés por esa persona”, dice.
El mejor consejo que se puede dar a un joven en estos temas es que no se apresure. “Hay adolescentes que quieren correr en temas del amor como si fuera el último día de sus vidas”. Eso puede provocar desilusiones y grandes errores, como embarazos no deseados o depresión.
La vida del adolescente tiene etapas en que el amor es algo natural, pero debe vivirse con tranquilidad, cuando llegue el momento, y con respeto a la otra persona. “Porque si se dan las condiciones adecuadas, hasta un romance de temporada puede convertirse en un amor duradero”, dice. “O por lo menos dejará un lindo recuerdo”.
Modelos: María Cristina Chan y Ricardo del Río.
No se puede hacer un juicio de valor. Si los adultos nos ponemos a recordar nuestros amores de adolescencia, nos daremos cuenta de que muchos también fueron intensos y fugaces”.
Psicóloga Cira Núñez