El membrete es bastante común. La filosofía concentra tertulias, libros y el nombre de las facultades de algunas universidades de Guayaquil; sin embargo, hallar filósofos puros, de profesión en la ciudad resulta un trabajo difícil, incluso en esos centros educativos.
Por definición, el encargo parece sencillo. La Real Academia de la Lengua describe a un filósofo como la persona que estudia, profesa o sabe la filosofía, y a esta como un conjunto de saberes que busca establecer los principios que orientan el conocimiento de la realidad y el sentido del obrar humano.
Pero la figura del filósofo es inusual en el medio y hasta controvertida. Algunos lo califican como un hombre que vive en una nube y no piensa algo en concreto; otros como un religioso, que busca una orientación para la vida. Muchos lo imaginan con barba, bigote y túnicas como en las décadas antes de Cristo. Pero lo cierto es que usan camisa, saco y corbata y hablan tan claro como en las clases que dictan.
Joaquín Hernández, un filósofo graduado, reconoce que aquellos conceptos tan variados y la falta de campo profesional en el país han ubicado al filósofo como una figura oscura para la gente.
Él lo resume como un pensador y un cuestionador constante de las visiones del mundo, de las modas, tradiciones, saberes y misterios, como por ejemplo, qué es la felicidad, de dónde venimos o por qué hay tantas variables en la existencia humana.
¿Se puede ejercer la profesión de filósofo como tal? Hernández asegura que excepto en Ecuador sí es factible porque la filosofía ha tenido un desarrollo fuerte en Colombia, Venezuela, Chile, Perú, Argentina y Brasil.
“Los filósofos actualmente están adscritos a las universidades, pero trabajando en filosofía. Conocí, por ejemplo, a un profesor que labora en la Universidad Central de Venezuela, que es lojano, y trabaja en el doctorado de Platón. Entonces da un seminario sobre Platón a nivel de Phd y escribe en revistas especializadas y vive de eso”, cuenta.
David Samaniego, doctor en filosofía, asegura, en cambio, que salvo sus excepciones, ahora muy pocos se dedican exclusivamente a la filosofía, a ser filósofos, a escribir, a pensar, a dar conferencias. La mayoría de ellos está inmersa en la educación y con más incidencia en Ecuador, donde la filosofía sirvió para formar maestros.
“No se puede ejercer (la profesión) porque las facultades que pudieron haberse encargado de eso no se dedicaron a la filosofía sino a la pedagogía”, dice Hernández.
Una clara muestra es que las facultades de Filosofía del país son las que gradúan cada año a los profesores. Solo las universidades de Cuenca y la Católica de Quito ofrecen la especialidad como tal, indica él, y los alumnos se gradúan como licenciados en lo que llama filosofía pura (recoge el origen y tesis de filósofos como Aristóteles o Descartes).
La aplicación de la filosofía como pedagogía se originó en las décadas de los cincuenta y sesenta, cuando se incorporó al pénsum de los colegios como materia y con ello la necesidad de tener maestros para esas clases. “Para educar a esos profesores se crearon las facultades de Filosofía, pero a la filosofía no se la mide por profesores dando cátedras en colegios. Se la mide por producción en libros internacionales o en revistas especializadas”.
En otros países, como México, los filósofos deben editar libros cada dos años y participar en foros permanentes con otros filósofos.
Samaniego considera que la filosofía ha logrado ser un complemento para la educación porque proporciona herramientas para ayudar y enseñar a pensar, para cuestionar y reflexionar, aunque no siempre los maestros logren transmitir aquello a sus alumnos.
Hernández cree que sirve para mantener “el asombro y la admiración de vivir” y que es como una vela encendida que lucha por no ser apagada por las tempestades, que son las urgencias cotidianas.
Ambos filósofos coinciden en que la profesión enfrenta hoy un riesgo: la prisa del día a día, que muchas veces impide detenerse a pensar y cuestionar.
“La vida diaria es enemiga de la filosofía. Se basa en acuerdos puntuales sobre las cosas y la filosofía es el cuestionamiento de esos acuerdos. Por eso tenemos una ruptura”, dice Hernández.
Y aunque resulte difícil ser filósofo en Ecuador, ellos, desde sus diferentes espacios como maestros, intentan aplicar la filosofía y transmitir ese legado que dejaron otros pensadores.
La vida diaria es enemiga de la filosofía. Se basa en acuerdos puntuales sobre las cosas y la filosofía es el cuestionamiento de esos acuerdos. Por eso tenemos una ruptura”.
Joaquín Hernández