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Edición del DOMINGO 23 de Marzo del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Cristina Carrión, de 28 años, recibe clases particulares en el teclado.
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Texto: Moisés Pinchevsky

¿Cuál es la mejor edad para tomar clases? Para estudiar no hay edad, coinciden nuestros entrevistados, quienes hoy caminan por senderos rumbo a conocimientos anhelados.

Tocar piano, su decisión
Le dijeron que no. Que a sus 28 años debía olvidarse de su anhelo de estudiar piano. “Recorrí conservatorios y siempre obtenía la misma respuesta”, indica Cristina Carrión, licenciada en turismo que desde pequeña ha sentido inclinación hacia  la música. Por ello, entre los 6 y 14 años estudió baile español y a los 26 tomó clases de salsa, hip hop y jazz. Pero su gran anhelo era estudiar piano, propósito que la motivó a los 7 años a realizar una prueba para ingresar al conservatorio Antonio Neumane, pero que al no prosperar la hizo postergar su meta 21 años. Finalmente, sus manos en el teclado comenzaron a entonar melodías cuando conoció a Eugenia Voyustka, una pianista ucraniana que  en octubre comenzó a darle clases. “Ella me decía que debía esforzarme más para ganar la agilidad que necesitaba en las manos, las cuales debían “pensar por separado”, recuerda Cristina, quien según su profesora es una “excelente alumna” por la rapidez con que aprende. Todo está en la práctica y la decisión, reitera ella, “y en querer cumplir aquello que deseamos con el corazón”.

Jiu-Jitsu: La pasión joven
Su primera incursión en los combates fue a los 18 años. “Quise aprender box, pero en la primera pelea mi contrincante me quitó toda motivación cuando me golpeó fuertemente en la cara”, indica Marcos Santos, artista plástico y poeta de 56 años que por ese doloroso suceso renunció por 24 años a su vocación luchadora. “Pero retomé ese hobbie en 1994, cuando debido a la preocupación que sentía por una enfermedad de mi padre me recomendaron escoger un pasatiempo”. Y así fue. Regresó al box, y con el tiempo también incursionó en las artes marciales. Boris Yee, su instructor de Jiu-Jitsu desde hace tres meses en la academia Bidokán, indica que un adulto como Marcos puede tener mejor condición física que un joven de 20. “Hoy vemos muchachos que toman, fuman y se alimentan muy mal. Marcos se cuida y así mantiene una condición que muchos jóvenes envidiarían”, señala Yee. Este entrenamiento también le brinda una mayor agilidad. “Hace poco me atropelló una bicicleta con fuerza. Al verla llegar casi por reflejo puse la pierna y después del golpe rodé en la calle como si fuera un entrenamiento. Gracias a eso no me lastimé”, señala este también inversionista de bienes raíces. “No se trata solo del beneficio físico; me encanta sentir la gran pasión y el entusiasmo que te brindan; es casi como volver a la infancia”.

Cero pretextos... mucho inglés
Los pretextos son muros por derribar. El más común es: “Estoy demasiado ocupado”. Y así transcurren las semanas, meses y años sin que podamos cumplir las metas que comenzamos con entusiasmo, pero que a menudo vemos estrellar en el muro de los pretextos. Cristina Puma está contenta de haber superado ese obstáculo, que la hizo suspender sus clases de inglés por dos años. “En el 2006 me decidí a regresar. Debía terminar lo que había comenzado”, señala esta ingeniera comercial, quien incluso tuvo que repetir dos cursos en la Bénédict del Garzocentro para reforzar los conocimientos. Pedro Medina, director de esa sucursal de la academia, indica que los adultos tienen más dificultad para aprender porque tienen desarrollado un “filtro de discernimiento”. “Un adulto se cuestiona todo y siempre pregunta por qué. Eso puede ser negativo para estudiar un idioma”, señala. Cristina logró superar esos obstáculos, recibió clases de 19:00 a 21:00 e hizo deberes hasta tarde en la noche. Así por casi dos años. “Nunca renunciemos a lo que queremos”, concluye esta profesional que espera graduarse en abril.

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