Veía a sus dos hermanos mayores tomar el curso de preparación para la primera comunión y un día a él también le “entraron ganas de hacer lo mismo”. “Quiero hacer la primera comunión”, pidió Luis a sus padres. Tenía 10 años y harto entusiasmo por saber de qué trataba el catecismo. Solo había un pequeño detalle con el que no contaba. Un pequeño detalle que desconocía: Luis Sebastián Troya Holst no era bautizado, principal requisito para tomar ese sacramento.
“En ese momento mis padres me confesaron que esperaban que nosotros en pleno uso de razón decidiéramos qué religión profesar, por eso no me habían bautizado”, comenta este laico consagrado del Sodalicio de Vida Cristiana (Movimiento de Vida Cristiana MVC), un grupo católico donde sus integrantes consagrados son personas laicas, que sin ser sacerdotes viven en comunidad, reconociendo en sus vidas una vocación a “seguir el plan de Dios”.
No usan sotanas ni grandes crucifijos y a simple vista en la calle parecen jóvenes como cualquiera, pero no lo son. Ellos nunca se casarán, tampoco tendrán hijos, serán castos de por vida. Luis decidió voluntariamente hacer votos de obediencia. Vivir en el mundo con todas sus alegrías y desvaríos, mas, “no ser del mundo”, es decir, transitar dando la espalda a las tentaciones. Escapar de situaciones donde sientan que pueden caer en pecado.
Las preguntas de papá
¿Cuándo te casas?, ¿cuándo me das un nieto?, ¿cuándo?, ¿cuándo?... preguntas que fueron respondidas hace años, mas, al parecer no fueron asimiladas. Aún el papá de Mónica Ormaza está casi seguro de que su hija, una laica consagrada, tiene un novio en Argentina, país al que visita dos veces al año para su formación espiritual desde el 2005.
Perteneciente a la Federación Apostólica de Mujeres del Movimiento de Schoenstatt, Mónica integra un grupo de personas con vínculos distintos a los de las religiosas. Aunque vive en casa con sus padres, le encanta bailar, va a fiestas (no discotecas) y al cine con sus amigas, también ofreció su soltería a Dios.
Varias son las congregaciones que forman laicos consagrados, no obstante, cada una posee características que las hace distintas y parecidas a la vez.
Mientras Luis vive en comunidad con otros hombres consagrados, Mónica vive en su casa y trabaja como terapeuta del lenguaje en el colegio Monte Tabor.
Luis y Mónica no se conocen, sin embargo, comparten un estilo de vida similar. Dicen estar seguros de que su vocación espiritual la tienen desde siempre. Renunciaron a la paternidad y maternidad física por ser padres de miles de personas a las que orientan, pues ahí radica el camino que escogieron: convertirse en instrumentos que lleven a Dios a todas partes a donde vayan.
La decisión
Ambos cumplirán años la próxima semana. Él 26 y ella 40. Son bien parecidos, cultos y carismáticos. Confiesan haber sido desde su adolescencia chicos tranquilos, distintos de otros (algunos descarriados) que un día dejaron las banalidades para seguir a Cristo. A los 10 años Luis se bautizó y se preparó para la primera comunión. Mónica, a los 18, ingresó al grupo católico de la parroquia de la Alborada.
¿Cuántas enamoradas tuviste? Solo una, responde Luis. “Era una compañera del colegio y duramos como dos años. Ella fue quien me acercó a Dios llevándome a misa los domingos”. ¿Y luego? “Ingresé al MVC. Con el paso del tiempo respondí al llamado de una vocación que sentí que empezaba a amar plemamente. Así como un casado encuentra su vocación matrimonial, yo encontré mi vocación consagrada”. ¿Por qué laico y no sacerdote? “Empecé mi camino como laico aunque ya tomé la decisión de ingresar en abril al Seminario para convertirme en sacerdote”. ¿Cuántos años tienes de vida espiritual? “Seis en total”. ¿En nuestra próxima entrevista serás sacerdote? “En unos años, eso espero con todo mi corazón”.
Mónica fue de vacaciones a Buenos Aires, Argentina, en el 2005. Necesitaba pensar, decidir su futuro. Quiso conocer el santuario de Schoenstatt en Florencio Varela, a 45 minutos de la capital, y justo allí, al ver que iniciaban un curso de laicas consagradas, no lo pensó más... e ingresó. Nueve chicas empezaron el curso, hoy quedan seis. Para Mónica, última de seis hermanos, la soltería es una opción de vida libre, renunciar a ella no le cuesta tanto. Se siente realizada con su vocación.
Ambos están felices. Sus miradas denotan el entusiasmo cuando hablan de sus proyectos espirituales a futuro. En un año Mónica recibirá el anillo de “matrimonio con Cristo”. Luis iniciará en abril el camino al sacerdocio. Como ellos, son cientos los ecuatorianos de varios grupos cristianos que ofrecen algo tan valioso: enlaces que simbolizan la consagración perpetua entre “el hombre y su Creador”. (A.G.)