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Edición del DOMINGO 23 de Marzo del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Estampas cinéfilas de Cartagena
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Texto: Carlos A. Ycaza (cicaza@eluniverso.com) | Fotos: Cecilia Estrada

Repaso final de una semana donde el calor tropical en antiguos y empedrados callejones conducían a salas de cine restauradas con algunas sorpresas.

La llegada al hotel de Cartagena fue alarmante porque en la pantalla del televisor en la cafetería comenzaba una borrasca política mucho más fuerte que las ventiscas que mueven las palmeras del malecón. El 48º Festival de Cine de Cartagena había comenzado la noche anterior y en los días siguientes las discusiones sobre más de cien películas exhibidas e innumerables proyecciones de cine digital en diversos sectores de la ciudad, eran interrumpidas por lúgubres opiniones y peores pronósticos.

Pero no, uno había ido a ver cine y en mi caso, también conocer una ciudad celebrada líricamente por García Márquez en El amor en los tiempos del cólera y Del amor y otros demonios. La versión cinematográfica de esta última se filmaba en la plaza de la Catedral.

El sol resplandecía todos los días, los colores cartageneros se desbordaban en las fachadas de atractivos hoteles-boutique, como un reflejo de exóticas frutas en los platones de las vendedoras callejeras. La cólera y los demonios televisados pasaron a segundo plano. Y para comprobarlo está Víctor Nieto, eterno fundador y director del festival durante 48 de sus 92 años, ahora junto a su joven esposa.

El señor es toda una institución en su ciudad, no solo por su ejemplar tenacidad cinéfila. “Mi otra pasión fue la radio, allí comenzó todo, porque siempre mantenía programas radiales sobre cine y espectáculos”, dice. “Para mí el cine no solo eran las películas que veía sino ese ambiente alrededor de la actividad y esta ciudad siempre ha sido el escenario de muchas películas”. Una de las más recordadas –por la presencia de Marlon Brando– fue Quemada (1969), del director Gillo Pontecorvo.

La casa donde se filmó una buena parte sigue allí, convertida en un bar con el mismo nombre del filme. Pero Cartagena ha recibido en años dorados a Rita Hayworth y hasta a una anónima Greta Garbo. Nieto nunca lo olvida.

Ya en pleno festival y en las veredas por donde caminaba sir Francis Drake uno puede constatar de improviso la única alfombra roja extendida en las escalinatas del centenario Teatro Heredia, para recibir a Ben Gazzara, su esposa Elke y su perrita Maxi en el estreno mundial de la película Buscando a Palladin, con un séquito que incluía al director polaco Andrzej Krakowski.

La perrita tuvo la suerte de no ver el filme, escondida en los pies de su ama. A pesar del aporte histriónico de Gazzara, esta desenfocada historia de un viejo actor que se esconde en Guatemala del mundanal ruido de Hollywood, no inspiró muchos elogios. La curiosidad iba más por el lado de su esposa y su inseparable compañera canina.

Expresividad
La gran calentura de Cartagena llegó con Luz Silenciosa, del mexicano Carlos Reygadas. Este ex abogado treintón del D.F. un día decidió realizar su vocación cinematográfica con la ayuda de un papá que pasará con su hijo a la historia del cine por haber permitido la incomparable creatividad cinematográfica del jovial director que ya ha obtenido incontables reconocimientos internacionales.

Sentado ante una sala casi llena en la rueda de prensa del hotel Caribe, Reygadas sorprendió por su sincera elocuencia: “el cine es primero un medio de expresión y no de comunicación, yo me considero un recolector de sensaciones, de imágenes, trato de filmar la verdad de todo lo que veo, no me interesa el cine narrativo”.

El Festival de Cartagena incluye también la televisión, más que nada para la entrega de los premios anuales a los mejores trabajos. Durante el lanzamiento de una gran campaña turística de Cartagena auspiciada por su Municipio, descubrimos a Vicky Hernández, la actriz que se llevó el galardón especial por su largo trabajo en el medio.

Vicky –la corrupta abogada del diablo en la divertida telenovela Hasta que la plata nos separe– estaba descontenta en la sala. Los productores escogidos eran españoles y eso rompía sus esquemas nacionalistas. “Señor, por favor, vocalice bien que no le entiendo”, decía la agresiva doña de los escenarios bogotanos. El productor español se esmeró en repetir su intervención, ante otros airados reclamos.

Perfecto final
En Cartagena todo el mundo expresa lo que siente, como Reygadas y Vicky, a su manera. Muy pocas películas pudieron acercarse a la visión de Luz Silenciosa y una tarde descubrimos De quién es el portaligas, nuevo largometraje del célebre rockero Fito Páez, excesivamente almodovariano en su irreverente tratamiento de unas amigas de los años ochenta que se juntan para destapar amargos secretos. La película del ecuatoriano Víctor Arregui, Cuando me toque a mí, desveló una visión patética y durísima de un sentir muy quiteño, crítico y desesperanzado en su protagonista. El actor Manuel Calisto ofrece una caracterización sobrecogedora.

Otro argentino, el director Carlos Sorín, demostró una palpitante y melancólica sensibilidad en su deliciosa El camino de San Diego. El santo es Maradona y el humilde joven que lo idolatra le lleva un presente único, el tronco de un árbol que parece tener el rostro del futbolista. Es una odisea que destila humor y ternura, sin el encuentro soñado.

Después de la entrega de premios, Cartagena tuvo un cierre deslumbrante con Fados, una fabulosa celebración de la canción portuguesa a cargo del director Carlos Saura, donde la música parece expresar lo indecible. Aquí el cine musical entra en dimensiones místicas imprevistas: Saura parece contarnos también la historia de Lisboa, de su gente.

No hay narración, ni un espacio específico entre estos cantantes y los bailarines que iluminan un escenario de espejos y proyecciones fantasmagóricas. El tiempo no existe y la música entra por la epidermis y por los ojos. Fue el perfecto final para una inolvidable experiencia cartagenera.


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