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Alfonso Reece D. | areece@wales.zzn.com
H. H.
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Herman Hesse fue para mi generación lo que ahora dicen un “autor de culto”. A principios de los años setenta, leer El lobo estepario era obligación si querías estar en la movida. Siddartha y Demian contribuían a insertarte en las conversaciones con pretensiones de inteligencia. El regalo de Narciso y Goldmundo no fue la única fineza que debo a una linda persona. Una década después leí El juego de abalorios. Estas novelas me llenaron de ideas y, lo que es mejor, de dudas. Los grandes pensadores no te dan respuestas, sino que te ayudan a plantearte tus propias preguntas. Mejor si esas interrogantes las cantaba Steppenwolf en Born to be wild.

La gran admiración que profesaba a Hesse por su literatura se incrementó cuando conocí su biografía. Esto es destacable, porque no siempre un gran escritor es un gran hombre. Muchas facetas resplandecientes tiene su humanismo integral, pero es la hora de hablar de su posición con respecto a la política exterior de su país, Alemania.
Ya en la Primera Guerra Mundial, su posición crítica le trajo la condena de todos los patriotas: “En el año 1915, se me escapó públicamente…
una palabra de lamento por el hecho de que las llamadas personas intelectuales no sabían hacer otra cosa más que predicar el odio, difundir mentiras y ensalzar la gran desgracia. La consecuencia de esta queja, expresada con bastante timidez, fue que en la prensa de mi patria fui declarado traidor… echarle en cara al mundo entero la locura y la rudeza era algo a lo que ningún hombre y ningún dios tenía derecho, y yo menos que nadie”.

De resultas de este atrevimiento, Hesse tuvo que exiliarse. La situación se repitió con la llegada del nacionalsocialismo al poder. Durante la Segunda Guerra Mundial, por supuesto que el escritor no apoyó la patriótica actitud que llevó al 90 por ciento de alemanes a aprobar la más sangrienta locura de la historia. Sin embargo, con inteligente criterio, la Academia Sueca le concedió el primer premio Nobel de Literatura que se otorgó luego de la guerra, homenajeando así su entereza y poniendo a salvo a la lengua alemana de cualquier identificación con el nazismo.

Con su actitud Hesse, y en sintonía con él la Academia Sueca, demostraron que no deben confundirse país y nación con Estado, y a este tampoco debe necesariamente identificarse con el Gobierno. Los ciudadanos que aman un país (un espacio geográfico) y su nación (un espacio cultural), incluso los que aceptan convivir dentro de un Estado (una institución jurídica), no tienen por qué, no tienen ninguna obligación de respaldar los disparates y, peor, los crímenes que comete su Gobierno (personas encargadas de la administración de un Estado).

Los gobiernos siempre encontrarán palabras y canciones bonitas para exacerbar y usar para su provecho político el amor que las personas tienen al país y a la nación (nadie “ama” al Estado y solo los deficientes intelectuales “aman” a los gobiernos). Corrompidas así las legítimas pasiones, los gobiernos encontrarán mayorías que quieran linchar a los “traidores”, que son aquellos que, como Hesse, con dos reales de integridad, se niegan a secundar sus despropósitos.
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