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Debe ser muy difícil para los asambleístas del Gobierno resistir a la tentación de elaborar una Constitución a la medida del Presidente de la República o de su proyecto político. Con mayoría absoluta y poderes ilimitados, sin oposición y con amplias perspectivas de triunfo en el futuro inmediato, no deben encontrar motivos para no hacerlo. Al fin y al cabo, somos herederos de la tradición del todo o nada, del hoy me tocó a mí y mañana quién sabe. Por tanto, es muy probable que actúen como siempre se lo ha hecho, como actuaron los partidos cuando estuvieron en similar condición. Los primeros acercamientos de la Asamblea al tema constitucional, los famosos mandatos constituyentes y las leyes que ha aprobado hasta el momento son señas de que eso va a ocurrir. En todos esos productos hay un sello muy claro, que incluso hace imposible diferenciar si algo se originó en la Asamblea o en el Gobierno.
No se puede negar el derecho de este último a presentar sus propuestas e incluso de sus asambleístas a defenderlas, pero esto no quiere decir que se deba ignorar el límite que existe entre uno y otra. Es un límite que está marcado por la función última, primordial y única de la Asamblea, que es elaborar una nueva Constitución para el conjunto del país. El Gobierno, de la misma manera que otras instituciones estatales o que cualquier grupo de ecuatorianos puede acudir a ella para entregar insumos, pero solamente hasta ahí llega su atribución en este caso. Sin embargo, Carondelet ha sobrepasado largamente ese límite y ha logrado una influencia similar a la que tuvieron los gobiernos que convocaron a asambleas constituyentes entre la década del veinte y la del sesenta del siglo pasado. Todos ellos buscaron hacer constituciones a la medida del gobernante o de su partido. Lo mismo sucedió con la Asamblea de Sangolquí, aunque allí los sastres que tomaron las medidas no eran parte del gobierno, pero sí de los partidos que dominaban en el tablero político nacional y que sabían certeramente que gobernarían en el siguiente periodo. En todos esos casos se impuso la lógica de la imagen y semejanza, lo que llevó a elaborar constituciones perfectas para sus respectivos gobiernos, pero defectuosas para quienes se hallaban fuera de él y mucho más para la oposición. Nunca pensaron que en algún momento ya no serían gobierno y que tendrían que sufrir la parte negativa de la Constitución que ellos mismos habían diseñado.
De esa experiencia se deduce que para elaborar una buena Constitución hay que ponerse en el lugar de la oposición o, dicho de otra manera, hay que hacer una Constitución que resulte excelente incluso para la época en que habrá que dejar el gobierno. Los asambleístas de Montecristi podrían vencer a la tentación del traje a la medida con solamente pensar en que mañana puede ser presidente cualquier populista corrupto o un derechista con aires dictatoriales, y que el único antídoto para ellos será un sólido orden constitucional. |
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| Editorial The Boston Globe |
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