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Francisco Febres Cordero |
Las tareas de Dios
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Algunos teólogos estamos, en ciertos asuntos teologales, de acuerdo con Correa: a Dios no hay que molestarle con esto de la Asamblea ni con la Constitución que de allí saldrá.

Y es que Él, en su infinita paciencia, debe estar harto de política. Si no de toda la política, por lo menos de la nuestra sí. “Otra vez estos ecuatorianos vienen a solicitar mis favores”, pensará mientras repasa la veintena de constituciones en que lo importunamos en busca de ayuda.
A pesar de eso, este país, que nació torcido, no solo que no ha podido enderezarse sino que se ha ido torciendo más, lo cual nos demuestra que, por lo menos en Derecho Constitucional, Dios no intenta tocar pito.

A Dios no le va a ir ni venir que el Presidente de la República, por ejemplo, dure cuatro, cinco u ocho años en sus funciones. Con que dure algo más de lo poco que han durado algunos –argumentará Él–, suficiente. ¡Y allá que se las arreglen!, añadirá con su voz admonitoria.

Y que se las arreglen también con todo lo demás, pensará Él, que, desde arriba, debe estar absorto en muchas otras tareas más graves y más serias que las atinentes a nuestros afanes de descentralización y autonomías, por ejemplo.

¿Al involucrar a Dios en la Constitución se pretende que, con solo bajar el dedo, Él nos resuelva esos intríngulis que nosotros somos incapaces de resolver? De pronto, le agarramos en un momento de mal genio como los que tiene en el Antiguo Testamento y, para darnos una lección, nos envía un terremoto, un tsunami, nos devuelve desde Panamá al Bucaram y de Harvard al Mahuad, o nos manda a un Alvarito todavía más santificado, cargando sus Ivas como una cruz, para que nos midamos ante un verdadero desastre. Y ahí sí que nos fregamos.

En realidad, a cualquiera le molestaría, no se diga Dios, que se le importune con preguntas como ¿crees tú, Señor, que debemos seguir teniendo un vicepresidente de la República o consideras mejor que el presidente del Congreso sea el que deba hacerse cargo de ese puestito en caso de ausencia definitiva del titular? Chuta, le ponemos a Dios en un dilema y, mientras entra en larguísimas disquisiciones para resolverlo, el diablo puede aprovecharse del descuido y enviar a que su principal emisario, como parte de su alianza estratégica con Uribe, nos invada, con aviones y helicópteros artillados para buscar terroristas en la Plaza de la Independencia.

Así como nos causaría estupor que Dios haga un referéndum para ver si queremos que su periodo siga durando toda la eternidad o sea reducido a solo la mitad de la eternidad, o si queremos su reelección inmediata como Ser Supremo o preferimos que se reelija pasando un periodo, estoy seguro que a Dios tampoco le gustará que de aquí abajo le preguntemos si le parece que los menores de 18 años deben o no votar.

Por último, si la Asamblea, con los plenos poderes de la que está imbuida, con sus dotes omniscientes y su omnipresencia que le permite estar en todos los sitios al mismo tiempo, se enfrasca en asuntos teologales, corremos el riesgo de que se sienta también con derecho a nombrar cardenales y que de allí salga Alberto Acosta tonsurado y en el próximo cónclave se postule para Papa. Y gane.

¡Dios no quiera!
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