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Cecilia Ansaldo Briones |
De año lectivo y niños violentos
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Todo maestro que se precie empieza su nuevo período escolar programando metas, estrategias y contenidos. Si todavía mantiene fresca la ilusión por cada inicio, aspirará a que el ciclo que comienza sea mejor que el anterior, que ahora sí, los estudiantes serán más aplicados, que los padres de familia rezongarán menos y que él/ella mismo entregará mejores energías e ideas a la desafiante tarea de educar.

Por encima de los adversos signos de los tiempos, llámense desafueros climáticos, crisis económica, luchas políticas, los que estamos impelidos hacia la acción educativa sabemos que el proceso no puede detenerse, que alinearse junto a los niños y jóvenes que crecen no puede esperar porque la marcha del mundo al ritmo del conocimiento, es una carrera en la que no caben fatigas ni excusas.

Pero los ideales se empañan ante los hechos. Que un grupo de niños entre los 8 y 10 años haya planeado matar a su profesora, en un pueblo norteamericano al sur del estado de Georgia, porque uno de ellos fue reprendido por una pequeñez, es cosa digna de tomarse en cuenta.
La historia que va desde la época de “la letra con sangre entra”, cuando los mismos padres recomendaban a los maestros la reprensión humillante y los palmetazos sobre los nudillos, a esta especie de lucha de clases dentro de las instituciones educativas rompe lo que podría llamarse una visión evolutiva del desarrollo humano.

No se trata de un signo aislado. La sociedad norteamericana acuña demasiados casos de violencia dentro de las escuelas como para creer que la ola no seguirá creciendo. En nuestro medio, la violencia estudiantil tiene todavía otros lenguajes: el apodo burlesco, la marginación entre compañeros, la presión grupal sobre el que destaca, el acorralamiento al profesor débil, el desprecio social tan asentado en el tradicional “choleo”. Ya hay amenazas a través de celulares, llantas pinchadas en los estacionamientos de los planteles, anónimos que destilan odio, despliegues de adulación frente al poder.

Un análisis superficial endilgará la responsabilidad de esta conducta al bombardeo televisivo y cinematográfico sobre hechos de sangre. Es cierto que de las pantallas la vida humana sale devaluada e insignificante porque los lugares de los que mueren se llenan enseguida con otros ocupantes.  Más perjudicial y difícil de detectar –hasta de combatir– es la violencia de las palabras y las actitudes. El espíritu destructor que viene encubierto de broma, de chisme social o de crítica malsana, florece dentro de los hogares, se riega a lo largo de los espacios de socialización, se ve como una destreza para abordar la etapa profesional y pública. Allí tienen a los políticos agrediéndose unos a otros, con derroche de adjetivos y juegos verbales.

Vivimos sumergidos en pozos de violencia donde la más visible es la pobreza, el desamparo, la falta de oportunidades. La que toma armas y nos sale al paso todos los días, se llama delincuencia.  La que más nos frustra es la oferta política incumplida.

Y en este territorio estamos los maestros. Con herramientas tan poco atractivas como las palabras, sin efectos especiales o surround sound, creyendo que las materias a nuestro cargo, sean las que fueren, deben también traslucir los valores de la paz, la construcción, el respeto, la honestidad, la búsqueda del entendimiento. Tratando de convencer a la comunidad educativa de que en ella no debe haber bandos opuestos, que todos estamos llamados en la misma dirección.
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