Era un típico día en la costa irlandesa en el ocaso del invierno, nada peor que lo normal: bancos de nubes negras cruzaban amenazadoramente el cielo, la lluvia caía en torrentes helados y vientos gélidos golpeaban y agitaban el océano.
Pálida y temblorosa, Joanne Fulton, vestida en su traje isotérmico, estaba sentada con un grupo de amigos a bordo de una van, en el estacionamiento arriba de la playa.
Se trataba de una convivencia, al estilo irlandés, tras practicar surfing, y toda la actividad guarda un atractivo singular y sutil. “Hace fríos”, observó Fulton, “pero una vez que te metes al agua, el traje isotérmico te mantiene tibia, aunque debo admitir que no siento las manos, ni la cara ni los pies”.
Fulton, de 25 años, de Dublín, dijo que había venido a Bundoran a surfear, “no a pasarla en la playa”. Ésa es la clave para surfear en Bundoran, pequeño rincón en el noroeste de Irlanda: no tiene que ver con el ambiente. Nadie anda por allí posando en un diminuto traje de baño.
¿Cómo podrían hacerlo, cuando no hay sol y el impulso natural, al salir del agua, es de buscar el lugar en interiores más cercano, lo más pronto posible?
“No tenemos esa cultura del surfista que ‘vive’ en la playa, ni convivimos en ella. Si vienes a Bundoran en febrero, te va a caer granizo y en vez de niñas en bikini vas a ver gaviotas”, comentó Richie Fitzgerald, de 33 años, uno de los surfistas más conocidos de Irlanda y propietario de una tienda local de artículos de surfing.
Incluso sus fans más fervientes admiten que Bundoran podría no parecer un lugar obvio para practicar el deporte. “Vivimos en la costa del Atlántico; los inviernos son severos y el tiempo es inclemente”, aseveró Fitzgerald.
Este invierno, el área ganó fama mundial en el ámbito del surfing cuando sistemas de baja presión, que se desplazaban frente a la costa, crearon una serie de olas gigantescas, tan grandes como las vistas en Indonesia, Australia o Hawai. Varios surfistas, entre los que se contaba Fitzgerald, fueron captados sobre olas de catorce a 17 metros de altura, en Mullaghmore Head, cerca de Bundoran.
No sólo hay irlandeses en Bundoran. Ahora que se ha corrido la voz, éste y los pueblos cercanos, con su inusual atractivo masoquista y promesas de enormes olas avivadas por tormentas, se han convertido en destinos para los practicantes internacionales del surfing.
Jesse McNamara, por ejemplo, vive cerca de Santa Barbara, California, y viaja a Bundoran cada marzo, para pasar un fin de semana en la práctica del surfing invernal.
“La gente es más amistosa en Bundoran y comparte las olas”, explicó McNamara, que trabaja para el Departamento de Defensa de Estados Unidos. Tenía una teoría del porqué: “Simplemente, están felices de tener a otras personas en el agua”.