Hace cuatro años, Caroline Sivilia, parisina empleada por la agencia de publicidad Publicis Groupe, abandonó Francia para lanzar una revista para franceses expatriados en Londres.
“Era joven, quería crear, llegué sin nada y sin hablar inglés”, relató Sivilia, de 34 años.
Hoy emplea a ocho personas y a un equipo de periodistas independientes y su revista, London Macadam, está disponible en 300 puntos de distribución en Londres y 50 en París. Forma parte de la legión de refugiados empresariales que han prosperado en Inglaterra en el momento en que el Presidente francés Nicolas Sarkozy ha promovido una agenda pro-capitalista.
En diciembre, Sarkozy indicó que estudiaba la adopción de 100 medidas destinadas, entre otras cosas, a reforzar la eficiencia de la burocracia gala y proporcionar mejores servicios a los negocios y al público.
Los economistas afirman que Francia tendrá que emprender cambios de actitud mucho más profundos respecto al capitalismo si quiere convencer a los jóvenes emprendedores de que no se expatrien.
El acceso al capital de riesgo sigue siendo problemático y, en muchos sectores, los mercados son frecuentemente monopolizados por conglomerados de gran tamaño, de acuerdo con Elie Cohen, destacado economista francés. Además, la legislación que limita la semana de trabajo a 35 horas perjudica más a los pequeños negocios que a las grandes compañías.
Se estima ahora que medio millón de franceses, en su mayoría menores de 35 años, viven y trabajan en Inglaterra y las olas de emprendedores que huyen a Inglaterra no parecen disminuir.
Mientras Francia batalla para redefinir su enfoque al capitalismo, los británicos sacan provecho de las políticas mismas a las que ellos están oficialmente opuestos: el movimiento libre de capital y trabajadores entre las fronteras europeas.
Jean-Claude Cothias, uno de los primeros emprendedores jóvenes en instalarse en el Condado inglés de Kent, hoy sede de más de 75 compañías francesas que emplean a más de 5. 200 personas, fundó la consultora Eikos, en 1998, luego de que la compañía francesa en la que trabajaba se negó a dejarlo abrir una filial en Gran Bretaña.
Registrar su compañía en Inglaterra le costó una libra esterlina, aproximadamente dos dólares. Indicó que, en Francia, sus padres habrían tenido que hipotecar su casa para pagar los gastos requeridos.
También aprendió que un empleador francés tiene que pagar cuotas de pensión, desempleo y seguro social, que suman el 48 por ciento del sueldo de un empleado; los empresarios británicos sólo pagan aproximadamente un 10 por ciento.
Hace tres años fue invitado, junto con otros propietarios de empresa emigrados, a reunirse con un ministro del gobierno francés. Uno de los cambios que resultó de sus críticas fue que el costo de registrar una nueva compañía en Francia se redujera a un euro, alrededor de 1,53 dólares.
Los expertos les advierten a los emprendedores galos que instalarse en Gran Bretaña no garantiza el éxito. Patricia Goodenough, cuya agencia ayuda a jóvenes emprendedores franceses a emigrar, indicó que aproximadamente uno de cada cuatro ciudadanos galos a los que mandó a Gran Bretaña había tenido éxito en los negocios. “A algunos no les fue bien”, dijo. “A los soñadores, no los realistas”.