En Argentina hay tendencia al monocultivo y una creciente concentración de tierra en pocas manos. De 30 millones de hectáreas cultivables, el 50% es de soya, de la que Argentina es el tercer productor mundial y que le permitió recuperarse del colapso financiero del 2001.
Pero los argentinos no se alimentan con la soya, pues el 95% de la cosecha se exporta a países como China. Granos como el trigo y el maíz, que sí se consumen en el mercado interno, tienen una superficie cultivada cada vez menor.
Asimismo, aunque cada argentino consume 70 kilogramos de carne vacuna por año, criar una vaca implica más tiempo e inversión que cultivar soya, cuyos granos se siembran sin necesidad de arar sobre los restos de la cosecha anterior y cuyo precio internacional se incrementó en un 70%.
La producción está concentrada en grandes terratenientes y en conglomerados financieros ajenos al campo, pero que participan en el negocio rural.
De 84.000 productores de soya, el 20% de ellos tiene el 80% de los cultivos, y el 2,2% maneja la mitad de la soya del país.
El Gobierno aumentó los impuestos a la producción para evitar el monocultivo y, a la vez, distribuir mejor los $ 24 mil millones que origina su venta.