Fue en un curso sobre ‘La literatura latinoamericana del postboom’, dictado por el escritor Fernando Balseca, en el que exploró también a otros autores como César Aira, Horacio Castellanos Mora, Santiago Gamboa y Javier Vásconez.
De Bellatin leímos la obra Shiki Nagaoka: una nariz de ficción. Y recuerdo que al final del curso, a través de fotografías de distintas etapas de sus vidas, se presentaron, en una pantalla, los rostros de los autores que estudiamos. En esa sesión se me ocurrió pensar si la imagen que proyecta cada escritor, lo conecta también de una manera secreta con la literatura que hace. ¿Es una figura, una imagen, delatora de lo que se es? pensaba.
De Bellatin me llamó la atención la prótesis de su mano derecha, tipo Capitán Garfio de Peter Pan, que se vio obligado a usar (más bien sus padres se la impusieron), según se dice, por una malformación congénita. ¿Habrá influido, de alguna forma, este detalle en su obra? La producción de la pintora Frida Kahlo, por ejemplo, estuvo marcada por sus padecimientos físicos. Bellatin tiene 48 años. Es mexicano. Creció en Lima. Su narrativa es corta, aunque amplia en títulos y publicaciones.
La semana pasada leí una de sus últimas obras (no sé si es la más reciente), el único ejemplar que encontré en Mr. Books: El gran vidrio, volumen editado por Anagrama en el 2007. Es Premio Mazatlán de Literatura 2008. Recordé, entonces, la imagen de Bellatin. Su literatura me parece diferente. Pero esta es la segunda vez que lo leo.
El gran vidrio no cuenta una sola historia. Cuenta tres: Mi piel luminosa, La verdadera enfermedad de la sheika y Un personaje en apariencia moderno. Son tres especies de autobiografías (no de él, sino de los personajes que crea). Nada tradicional. Es una narrativa que experimenta.
La primera autobiografía está compuesta por 360 frases autónomas. Y cada una goza de independencia. Pueden provocar lecturas y significados distintos. Sin embargo, juntas crean una historia, la de un joven recluido en un centro especial, cuya madre lo exhibe en baños públicos. Sus testículos ofrecen un espectáculo por el que le gente paga en objetos.
La segunda habla de rituales musulmanes, mientras que en la tercera hay un narrador que a veces es Bellatin y en otras se transmuta en una mujer. Y lo que el personaje afirma, luego lo desautoriza y así la historia que se cuenta puede o no puede ser. Es una mentira más dentro de esa gran mentira verdadera que es la literatura.
No podría contarles con lujo de detalles (como dice mi madre) las historias de las que está hecha la obra El gran vidrio. Es decir, narrarles un principio, un nudo y un desenlace, simplemente porque no se estructuran de ese modo. A cambio de esa comodidad que puede resultar una narrativa así, Bellatin propone el desafío del sobresalto. Siempre se está, como lector, con la sensación de que un acontecimiento repentino e inesperado puede ocurrir.
El lector tiene que dudar de la ficción. Embarcarse en la literatura de Bellatin es como transitar por una gran carretera, en la que en cualquier momento aparece un desvío y un conductor distraído podría perder el camino. Hay que estar atento a las señales, a los indicios. Se necesita leer con los ojos muy abiertos y eso hace interesante, enriquecedora, la experiencia de adentrarse en su libro.
Si bien en otra literatura el juego es creer (creer por ejemplo, que alguien vuela; creer hasta en lo más inverosímil), en la de Bellatin es no creer. Tal vez a algunos este autor no les guste. Incluso podrían pensar que no tiene novedad. Mucha literatura anterior a él es experimental. Bueno, quizá tienen razón. A lo mejor, como en la obra de Bellatin, nada de lo que pienso que es, en realidad es.