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Edición del DOMINGO 6 de Abril del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Pasochoa, refugio silvestre
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Para llegar desde Quito: tomar la vía a San Rafael hasta El Ejido de Amaguaña y luego avanzar 6 km por un camino empedrado.
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Cuarenta minutos al sur de Quito se ubica este recinto de naturaleza especialmente adecuado para recorridos de educación ambiental.

Antes de asentar definitivamente los pies en la tierra (o el lodo, en algunos tramos), vale levantar la mirada curiosa al espacio que nos recibe: Las montañas de la hoya de Guayllabamba nos rodean, destacándose en el horizonte el inactivo volcán Pasochoa; una tímida vertiente susurra una sinfonía acuática mientras transporta sus aguas pendiente abajo, y unas pocas aves comienzan a cantar por intervalos moderados, como si mantuvieran una conversación o intercambiaran secretos indescifrables para el ser humano.   

Con esas primeras sensaciones comenzamos a adentrarnos en uno de los senderos de la reserva de vida silvestre Pasochoa, “el único bosque protegido en las cercanías de Quito”, según indica nuestro guía, Wilson Salazar, coordinador de campo de este destino.   

La red de senderos que atraviesan la reserva puede requerir desde media hora, si se toma el menor, hasta ocho horas, para los turistas que deseen llegar a la cumbre del volcán Pasochoa, ubicada a 4.200 metros sobre el nivel del mar. Eso es para los turistas de paso relajado, porque un guía puede realizar el mismo recorrido en dos horas, según Salazar.

Sin embargo, es mejor cumplir el acercamiento a este bosque secundario con paso tranquilo, haciendo las paradas respectivas para conocer a los “espíritus del bosque”, como el suelo, el agua y el aire. “Nuestros senderos apuntan mayormente a un propósito educativo hacia la ecología, por eso el 70% de los 16 mil visitantes que recibimos cada año son estudiantes de escuela o colegio”, indica el guía sobre esta reserva que cuenta con 520 hectáreas habitadas por 127 especies de aves y 236 de plantas, además de decenas de mamíferos como conejos, zorrillos, lobos de páramo y roedores, entre otros.

Entre las plantas, el Pasochoa tiene 50 tipos de medicinales, por lo que las comunidades cercanas se jactan de no visitar las farmacias cuando tienen una dolencia, sino que acuden al bosque.

El sendero comienza de a poco a descubrir la faceta curativa del bosque, por ejemplo, al mostrarnos la flor de salvia, cuya infusión funciona como un antiinflamatorio para los ojos, o la calaguala, culantrillo y cola de caballo, que al mezclarse y hervirse producen una bebida que alivia problemas del hígado y los riñones.   

El botoncillo, una planta corta que se asoma al ras del suelo, produce una especie de anestesia que calma los dolores de muela, por ejemplo, y además vemos el diente de león, cuya hoja funciona como un diurético utilizado por los habitantes de la zona.   

El bosque también nos exhibe a sus hijos mayores -los árboles-, algunos de los cuales están en peligro de extinción, según indica el guía. Dos de ellos son el cedro y la palma de cera. La primera debido a la deforestación y la otra por un motivo religioso. “En Semana Santa se arrancan las hojas de las palmas para hacer los ramos. Es un atentado contra la naturaleza que ocurre todos los años en esta época”, señala Salazar mientras lidera a paso relajado la caminata, que concluye después de 40 minutos en un amplio espacio generalmente utilizado para acampar (puede recibir hasta 100 acampistas) o para picnics de familias o amigos.   

En esos casos, el visitante debe traer todo lo necesario para sus actividades, desde las tiendas de campaña y las bolsas de dormir hasta la alimentación.   

Aunque los turistas que buscan más comodidad nocturna pueden alquilar un catre en el refugio o una habitación amoblada con cocina y baño independientes.   

Esta última área es especialmente usada por los científicos que llegan para estudiar la vida silvestre de la reserva, que también está compuesta por pumas y osos de anteojos. Aunque esos habitantes sería casi imposible observar en una reducida caminata como la que estamos realizando.   

A ellos solo los vemos en unos carteles que definen al oso como el señor de la montaña y  al puma como el mejor cazador. También aprendemos que el búho es el amo de la noche; el colibrí, el ave más rápida; la mariposa, la reina de las flores; y el cóndor, el monarca de las alturas. El Pasochoa busca que los visitantes aprendan esas lecciones. (M.P.)  

Informes: (02) 331-7457, 227-2863 ext. 328, pasochoa@fnatura.org, www.fnatura.org


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