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MIÉRCOLES | 9 de abril del 2008 | Guayaquil, Ecuador
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Nelsa Curbelo | nelsa@telconet.net
Los encuentros
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Estuve unos días en Bogotá en un encuentro sobre Seguridad Ciudadana Urbana y Transformación de Conflictos. Los organizadores eran miembros del Comité de los Amigos, AFSC, organización que en 1947 ganó el Premio Nobel de la Paz por su trabajo para vencer la violencia y la injusticia. Había personas de diferentes nacionalidades; procedían de Chile, Perú, Bolivia, Venezuela, Guatemala, Estados Unidos, Uruguay, Ecuador, Holanda, Brasil, con el común denominador de trabajar en la región andina. Había periodistas, sociólogos, educadores, arquitectos, médicos, defensores del pueblo, investigadores, concejales, líderes indígenas, místicos, directivos de ONG, deportistas, profesores universitarios. Más de las dos terceras partes  eran varones.

Fue un encuentro rico de diversidad. El desafío: mirar los conflictos bajo el ángulo constructivo que su realidad supone, entenderlos como fenómenos constitutivos de las relaciones sociales y producto de ellas. No hay vida sin conflictos, lo que hay que evitar es que estos sean violentos y sinónimos de guerra. Siempre que hay violencia hay conflictos, pero no todos los conflictos son violentos.

No fue fácil lograrlo. Siempre caímos en el atajo de asimilarlos a la violencia. Nos resultaba difícil verlos como oportunidades y fundamentos para intentar a partir de ellos cambios personales y estructurales.

Más difícil aún fue lograr una definición de lo que entendíamos por seguridad ciudadana, de hecho quedó como tarea pendiente lograr un consenso que incorpore en pocas frases los contenidos que no lográbamos formular de manera clara.

Las definiciones permiten comunicarnos, transferir contenidos, enriquecer la experiencia, profundizar y expandir  el propio quehacer. Nos adueñamos de la sabiduría colectiva, se convierten en una herramienta dócil para trasformar la realidad y en cierto sentido domesticarla. Pero también son una limitante. Pues, al definir, muchas veces creemos saber, conocer. Nos movemos en los conceptos como si estos de por sí produjeran las realidades. Las definiciones deberían ser descartables en la medida que la vida las va enriqueciendo o eliminando.

Descubrí que el término convivencia urbana definía mejor los contenidos de los que hablábamos que el de seguridad, demasiado asociado a delito, crimen, control, tarea para policías y militares. La convivencia demanda la seguridad pero no la agota, va más allá. Es el disfrute de la vida en la ciudad. Toda la ciudad, no los guetos que nos fabricamos para sentirnos seguros. La convivencia supone el encuentro, la capacidad de reconciliar la ciudad con sus habitantes y con la naturaleza. Nacemos para encontrarnos. La vida  es el arte de los encuentros. Las ciudades las hemos inventado para encontrarnos pero estamos haciéndolas cárceles y guetos. Si juntos hemos hecho posible el crimen, los secuestros, las muertes violentas y las calamidades que tememos y nos angustian, además de todos los mecanismos de control necesarios será importante un cambio de mentalidad en el sistema de relaciones y de la organización social. La inequidad es un conflicto violento. No solo la pobreza sino, y sobre todo, la riqueza extrema. Hay que apuntar a una transformación personal y social simultánea. Necesitamos no solo una sociedad de mayor justicia y libertad, necesitamos también un cambio interno, un despertar de la conciencia a un estado de mayor lucidez y amplitud. Quizás recuperar ese arte sea parte de las llaves que precisamos para instalar la convivencia  que ampara la seguridad y no al revés.
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