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La obligación de estar afiliado a una cámara para el ejercicio de ciertas actividades seguramente quedará prohibida por la nueva Constitución.
Así, con acierto, se estará consagrando un importante aspecto de la libertad de asociación, un derecho elemental. Las organizaciones empresariales que han presumido de su pensamiento liberal no podrán protestar contra esta justa disposición, a pretexto de que la voluntariedad de la afiliación las debilitará. De hecho, ha sido la obligatoriedad la que las ha debilitado, pues las más pero no todas, prevalidas de esta imposición, han dejado de cumplir con sus principales obligaciones: el servicio y la defensa del afiliado. Si las organizaciones empresariales se esfuerzan en cumplir sus deberes, este esfuerzo será justamente el mayor atractivo para enrolarse en ellas.
Pero, si las leyes establecían la ilegítima afiliación obligatoria, en cambio, facultaban la creación de muchas cámaras. Surgieron así cantidades de camaritas, camaretas y camarines… probablemente estaban por crearse la Cámara Nacional de la Cocada y la Cámara de Comercio del recinto El Sapo. En realidad esta cancerosa proliferación de organizaciones era producto de la obligatoriedad, pues estas microcámaras no estaban en capacidad de servir y defender a sus afiliados, sino que vivían gracias a la imposición legal.
Con el fin de la afiliación obligatoria muchas de las pequeñas cámaras están abocadas a la desaparición, pero también algunas de las medianas e, incluso, las grandes pasarán por difíciles días. La primera medida que deben tomar para sobrevivir es obvia: convertirse en entes de servicios a los cuales resulte ventajoso asociarse. Pero, sobre todo, deben fortalecerse mediante una inteligente consolidación que les permita, simultáneamente, ser más eficientes en la atención al afiliado y ejercer la defensa política y social del gremio. Lo ideal sería crear una sola gran cámara nacional de empresarios, en la que todas se integrarían como sectores (agricultura, comercio, industrias, etcétera) y por capítulos provinciales.
Esto es, lo sé, un sueño, porque quienes en este momento han descubierto la libertad de asociación olvidándose de otras, no quieren la mejora del servicio, sino desactivar a las cámaras existentes como entes de presión política. Van a ver que cuando se haga un intento serio de crear una gran cámara empresarial surgirán, necesariamente, grupos que tratarán de hacer otra u otras consolidaciones chimbas. Si estos elementos no son apoyados directamente por el poder central, contribuirán a sus objetivos mejor que si lo fueran.
Pero este inevitable problema no debe ser razón para abandonar el intento de una cámara general. Si los empresarios no son capaces de grandes emprendimientos, de aceptar grandes desafíos, entonces, ¿qué otro sector puede serlo? No se debe olvidar que la compleja situación del país es, en importante parte, fruto de las abdicaciones de los empresarios y de sus organizaciones, que arrimadas a la afiliación obligatoria dejaron de ser el núcleo de defensa de las libertades y se olvidaron de educar a la sociedad en las ideas de respeto y realismo sin las cuales no es posible la actividad empresarial y, por tanto, tampoco el desarrollo, la prosperidad y el bienestar de la nación. |
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| Gonzalo Peltzer |
Opinión internacional | |
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