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| Gonzalo Peltzer | |
Opinión internacional | |
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Apilar enemigos |
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En la Argentina la red ferroviaria era tupida y sólida hasta que un iluminado desamortizó en dos meses la inversión de cien años. Se pudrieron los durmientes y herrumbraron las vías, los terraplenes criaron lechuzas y los puentes se volvieron muelles de pescadores, y los túneles abrigaron vagabundos y las estaciones humillaron su pasado británico de cenefas de hojalata y campanas de bronce.
Será por eso que los autobuses de larga distancia son jumbos de dos plantas que vuelan por la llanura con luces de neón. Los asientos regordetes se tumban como la primera clase de Lufthansa y las azafatas se afanan con platos de ravioles y canilla libre de champán. En los ómnibus se duerme con el abandono soporífero de las carreteras de llanura y girasol: nada que hacer más que rodar y leer y dormir y mirar cómo se pone el sol y cómo vuelve a salir con medialunas calientes y manta escocesa y otra película más.
Poco después de Semana Santa viajé de Posadas a Buenos Aires en uno de estos meteoros de doce ruedas. Me despertaron pasos en el pavimento y un murmullo lejano cuando el amanecer se colaba por el velcro de las cortinas. Llevábamos horas trabados en un corte de ruta, cerca de Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos: parados en medio de una vía láctea de autobuses alumbrados por el sol oriental. En la otra mano de la ruta, la cola de camiones descansaba a la sombra de los autobuses. Sus conductores tomaban mate o paseaban comentando las formidables bondades de sus cargueros de largo aliento. Caminé un rato entre las dos filas y por las banquinas y llegué hasta el piquete que represaba el tránsito con rastras de carpir. La encuesta de opinión pública me dio nadie enojado. Ya sumaban unos quinientos cortes en todo el país en contra de las abusivas retenciones a las exportaciones agrarias decretadas por el gobierno central para recaudar, recaudar y recaudar.
Los cortes del campo contra el gobierno duraron 21 días mientras la pulseada crecía a ritmo de crispaciones. Faltaron la carne y la leche en los supermercados. No había queso ni dulce de leche ni frutas ni verduras ni helado de limón. El aceite a litro por cabeza y los combustibles solo de a 50 pesos y nada de tarjetas. Los barcos fondearon en fila en las bocas de los puertos y a cada discurso amenazante de la presidenta, miles de personas contestaron golpeando sus cacerolas por las calles de las ciudades. Nadie lo organizó ni se subió a la ola del descontento.
Ante la marea adversa la presidenta siguió redoblando la apuesta con discursos de facultad. Acusó de golpistas y de conspiradores a los productores agropecuarios y mandó a un piquetero integrista a romper los cacerolazos y retomar la Plaza de Mayo. Cuatro veces en siete días habló a la Argentina en una carrera por buscar apoyos según la estricta liturgia peronista de marchas, banderas y sofismas. Explicó con tono de Maestra Ciruela que la soja es un yuyo que no sirve para nada y se fue de boca cada vez que se la calentaron los bombos de su tropa alquilada con choripanes y vino blanco. En el último mitin acusó de mafioso a Hermenegildo Sábat: un caricaturista e ilustrador del diario Clarín más bueno que la compota, que había publicado ese día una acuarela en la que la presidenta aparecía con el perfil de su marido en el lado izquierdo de la cara y la boca cruzada por dos pinceladas.
Así, en tres meses de gobier-no, la presidenta Kirchner apiló más enemigos que el presidente Kirchner. Sumó a los de su marido al campo y la prensa. Perdió en una semana 35 puntos de imagen positiva y saturó a los argentinos con su tono de sabelotodo con índices amenazantes y temblor de botox en sus labios. Desde entonces solo asiste a los actos en los que nadie se puede acercar con una cacerola. En cuanto puede se recluye en su mansión del Calafate, frente a los glaciares de Santa Cruz a rumiar su próximo paso. Para los que quizá no lo sepan, la Argentina es esencialmente agroindustrial y la soja es su principal fuente de riquezas. El campo es como el himno nacional o el dulce de leche: todos llevamos un gaucho adentro.
Los Kirchner no dialogan, sentencian. No hablan con la prensa, la denuestan. No oyen a los críticos, los acusan. Para perseguir a los Sábat han creado un Observatorio de la Discriminación en los Medios. Pero lo de Sábat colmó la paciencia de muchos que todavía eran tímidos, pero ahora se soltaron el pelo y le pegan sin disimulo. Parece una carrera para ver quién se anima a más, sobre todo en el ala más progresista de los escribas, como Martín Caparrós, Tomás Eloy Martínez o Beatriz Sarlo.
La Argentina parece huérfana de destino, pero lo que necesita es tiempo y un poco de paciencia. Quizá del campo salga otro Justo José de Urquiza, el estanciero entrerriano que se opuso al poder central de Rosas en 1850 y fundó el país próspero y federal que alimentó al mundo hasta mediados del siglo pasado. Mientras aparece hay que seguir sembrando, pero para alimentar la manga de langostas que desde entonces devora su esperanza. |
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