Las declaraciones de Chávez revelando el papel que él había asignado al Ecuador en un supuesto plan humanitario, y que el Gobierno ecuatoriano había aceptado jugar, echó por la borda en un santiamén otra de las tesis del Gobierno. La tardía y confusa explicación del Presidente –que le han interpretado mal al Coronel, ha dicho– lejos de disipar las dudas simplemente las confirmó.
Pero lo más grave es que nos hayamos enterado de este asunto no por una fuente de nuestro Gobierno sino gracias a la lengua, al parecer incansable, de Chávez. No es esta la primera vez, desde la incursión colombiana, que esto sucede. Una tras otra las piezas de este rompecabezas las hemos recibido ora del exterior ora gracias al trabajo de algunos periodistas que –no obstante haber sido calificados por el Gobierno de “perros”, “corruptos” y “traidores”– han aportado alguna luz.
La exigencia que hizo el Gobierno nacional a Uribe de que presente pruebas de su afirmación que desde Carondelet se había impedido a las Fuerzas Armadas conducir operativos contra las FARC, y que de no hacerlo quedaría como mentiroso, contrastó con la no presentación de pruebas por parte del Jefe de Estado de que un sector importante de las Fuerzas Armadas ecuatorianas habían traicionado a la patria. ¿Por qué junto con tamaña acusación no se presentaron las pruebas contra los oficiales que han cometido semejante delito, pero sí se le exige a Uribe que presente evidencias de sus afirmaciones?
¿O es que el Gobierno ecuatoriano considera que acusar de traición a elementos de las Fuerzas Armadas no es un asunto tan grave –al punto que lo hizo sin presentar pruebas– como el de ser acusado de encubrir a las FARC –para lo cual sí exigió pruebas–?
Estas contradicciones han venido a sumarse a las anteriores, todas las cuales se han ido encendiendo sucesivamente como reflectores sobre un escenario cuyos desprevenidos actores van siendo tomados por sorpresa en paños menores. Ni las declaraciones recientes –¡por fin!– de que el Ecuador considerará un acto de guerra el ingreso de las FARC a nuestro territorio, ni la reanudación de nuestras relaciones con Colombia alejarán la crisis. En primer lugar, porque hay un actor en esta ecuación que no puede ignorárselo, cual es Hugo Chávez. El peso que ha ganado Venezuela en la política ecuatoriana –desde el petróleo y la deuda externa hasta el proceso constituyente– es tal, que sería de ingenuos pensar que la superación de la tensión con Bogotá puede hacérsela a espaldas de Caracas.
Chávez, después de todo, tiene mucho que perder en esta crisis.
Y en segundo lugar por que la exigencia que se le ha venido haciendo a Uribe –de que baje el tono con aquello del apoyo ecuatoriano a las FARC– no será fácil de mantener. Una vez que la Interpol valide los archivos de la computadora de Reyes el problema se complicará internacionalmente, hable o no hable Uribe. Para entonces otra será la cancha en la que el Gobierno deberá jugar.
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