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| César Montaño Galarza * | |
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¿Integración sudamericana? |
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Una reciente y ambiciosa propuesta sobre integración es la de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), que buscaría el desarrollo de un espacio integrado en lo político, social, cultural, económico, financiero, ambiental e infraestructura. Se construiría sobre la base de logros alcanzados por la CAN y el Mercosur, así como de la experiencia de Chile, Guyana y Surinam. El objetivo central sería favorecer un desarrollo más equitativo, armónico e integral de América del Sur. Otra propuesta es la del Brasil acerca de crear un consejo de seguridad sudamericano, que debería pensarse en el marco de un verdadero “sistema”, para tratar con independencia y mecanismos propios los conflictos en la región. Para emprender en cualquier nuevo esquema de integración en esta parte del orbe conviene contar previamente con una “idea de Latinoamérica”, como actitud mental de todos los actores sociales, y especialmente, con voluntad política real como contenido esencial y transversal, solo con ella se pueden alcanzar los objetivos fijados. Tal voluntad será expresión de una concepción moderna de la soberanía, permeable a relaciones internacionales que van más allá de los idilios de la cooperación o coordinación estatal, hacia un modelo en el cual los estados incluso pueden ejercer en conjunto poderes soberanos atribuidos a los órganos de una comunidad supranacional.
Integrarse implica hacer propios los intereses y necesidades del otro, exige una fuerte interdependencia entre estados. Los afanes nacionalistas no tienen rol que jugar en este contexto. Desde los acuerdos para establecer áreas de libre comercio, hasta los que sirven para formar mercados comunes o uniones económicas, a más de alto contenido político tienen un sustrato económico indispensable, con lo cual siempre rozan el interés social. La integración entre estados no se hace a espaldas del pueblo, sino con su activa participación; tampoco puede auspiciar la quiebra del Estado constitucional ni vulnerar derechos fundamentales; así mismo, aceptará la organización política y administrativa de los países miembros, respetará las diferentes condiciones de su desarrollo. Para llevar adelante procesos de integración hacen falta gobernantes que disciernan que el poder que les otorga el pueblo –mediante la Constitución– para dirigir las relaciones internacionales estatales no es un cheque en blanco, y que los compromisos externos se los adopta para cumplir. La política exterior del Estado debe alinearse con los grandes objetivos de un verdadero proyecto nacional, que por ahora en Ecuador no existe.
La construcción de lo que hoy es la Comunidad Andina lleva casi 40 años; la de la Unión Europea se acerca a 60 años; esta, pese a muchos inconvenientes, ha logrado fraguar y otorga importantes beneficios a sus actores; en cambio, lamentablemente de la experiencia subregional andina no se puede predicar lo mismo. Contrario a lo que sucede acá, en Europa siempre se exhibió una férrea voluntad política de los gobernantes, respeto de sus diferencias y pragmatismo. |
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| Ninguno |
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