Jueves 30 de diciembre del 2010 The New York Times

Sanación virtual para el mundo real

THE NEW YORK TIMES | OTTAWA

Sin-hwa Kang demuestra la terapia visual en la Universidad del Sur de California, una herramienta muy usada por terapeutas.

Sin-hwa Kang demuestra la terapia visual en la Universidad del Sur de California, una herramienta muy usada por terapeutas.

Su plática iba muy bien hasta que algunas personas del público se inquietaron notablemente. Una oleada de impaciencia cruzó por varias docenas de oyentes sentados, y, repentinamente, unos cuantos parecían molestos; luego, dos hombres empezaron a hablar entre sí, ignorándolo totalmente.

“Cuando vi eso, hablé más despacio y después dejé de hacerlo”, contó el orador, un empleado público de 47 años, llamado Gary, quien el año pasado participó en un insólito estudio sobre el tratamiento de la angustia social en la Universidad de Quebec.

La angustia subió a su garganta – ¿Qué tal si lo que digo no tiene sentido? ¿Qué tal si me hacen preguntas que no puedo contestar? _, pero se tranquilizó cuando el terapeuta, que observaba en el fondo, le recordó que la reacción del público podría no tener nada qué ver con él. Y, si se confundía con alguna pregunta, podría sólo decir: nadie sabe todo.

Se relajó y terminó la plática, y el público pareció tranquilizarse. Entonces, se quitó los auriculares que ayudaron a crear una ilusión de que el público estaba realmente ahí y no era sólo figuras en una pantalla.

“Simplemente, creo que es una idea fantástica poder experimentar situaciones en las que sabes que no puede pasar lo peor”, dijo. “Sabes que está controlado y es gradual, y, con todo, se siente algo real”.

Durante más de una década, un puñado de terapeutas ha usado entornos virtuales para ayudar a las personas a resolver fobias, como el miedo a las alturas o a los espacios públicos. Sin embargo, ahora los avances en la inteligencia artificial y los modelos informáticos les permiten encargarse de un conjunto más amplio de desafíos sociales complejos, y comprender cómo afectan a las personas las interacciones con humanos virtuales, o al estar dentro de sus propios avatares.

Los investigadores están poblando mundos digitales con humanos virtuales autónomos, que pueden evocar las mismas tensiones de encuentros en la vida real. La gente con angustia social se queda perpleja cuando un extraño virtual le hace preguntas. Los alcohólicos sienten gran necesidad de ordenarle algo a un cantinero virtual, mientras que a los jugadores les atrae sentarse y unirse a un grupo en las máquinas tragamonedas virtuales. Y los terapeutas pueden aconsejar a los pacientes en el preciso instante en que sienten esas sensaciones.

En una serie de experimentos, investigadores han mostrado que las personas internalizan estas experiencias virtuales y sus respuestas a ellas, con efectos que se manifiestan en la vida real.

Ya hay conferencias anuales en este campo emergente, llamado ciberterapia, así como un creciente número de seguidores internacionales: terapeutas, investigadores y otras personas interesadas en mejorar el comportamiento con el uso de simulaciones. El ejército canadiense ha invertido muchísimo en la investigación de la realidad virtual; lo mismo que el estadounidense, que ha gastado cerca de 4 millones de dólares anuales en programas con agentes generados por computadora para entrenar a oficiales y tratar las reacciones por el estrés postraumático. La tendencia ya generó unos cuantos críticos, que ven un posible inconveniente junto con los beneficios.

“Aun si este enfoque funciona, habrá efectos secundarios que no podemos anticipar”, notó Jaron Lanier, un científico en informática y autor de “No eres un aparato. Un manifiesto” (Knopf, 2010). “Y, en algunos escenarios, me preocuparía degradar a los humanos: definir lo que es normal con base en lo que podemos modelar en ambientes virtuales”.

Sin embargo, la mayoría de los investigadores dice que la terapia virtual es, y seguirá siendo, nada más una herramienta para el terapeuta, para usarse sólo cuando parezca efectiva. “Hay desconfianza real y entendible hacia la tecnología como un atajo de las buenas habilidades clínicas”, señaló Albert Rizzo, un psicólogo de la Universidad del Sur de California, “pero pienso, en el fondo, que la mayoría de los terapeutas querrá cualquier herramienta que lo ayude en su trabajo, y estará abierta a usar los enfoques virtuales”.

Humanos virtuales y terapia real
“Mis habilidades son algo limitadas”, dice una voz femenina. “Por ejemplo, puedo hablar y escuchar lo que me dices, pero no puedo hacer ninguna actividad física”.

En una oficina en el Instituto de Tecnologías Creativas en la Universidad del Sur de California, una mujer virtual llamada Angelina se dirige a una estudiante universitaria desde una pantalla de computadora.

Angelina parece tener treintaitantos años, tiene una figura hermosa y atlética, con un rostro abierto e inteligente, enmarcado por cabello negro corto. Sus ojos y su expresión, guiados por videocámaras y micrófonos, se mantienen en sincronía con los de la estudiante, como lo haría un terapeuta empático. “¿Cuáles son algunas de las cosas que odias de ti misma?”, pregunta la voz.

La estudiante se detiene por un momento. “Bueno”, dice, en un video del intercambio, “no me gusta que realmente me puedo quedar callada en situaciones sociales. A veces, las personas sienten que soy grosera, pero sólo es que soy callada”.

Angelina asiente con comprensión, y después plantea otra pregunta, sobre a qué le teme más la estudiante.

Interactuar con un humano virtual programado para ser socialmente sensible en esta forma es extrañamente liberador. Es claro que los personajes no son humanos; algunos tienen mucho lenguaje y otros son mudos. Muchos tienen la calidad de artes gráficas en segunda dimensión.

Sin embargo, los rostros se mueven, hay parpadeo, se sienten vivos, y el lenguaje corporal y las gesticulaciones parecen naturales; en algunos casos, el reconocimiento de voz y la selección de contestaciones son suficientemente buenos para sostener una conversación rígida, pero convincente. El resultado es una presencia viviente que es receptiva pero no crítica.

En un estudio reciente, en el que se usó a esta confidente virtual, investigadores de la USC encontraron que Angelina obtiene de las personas el primer elemento crucial en cualquier terapia: la autorrevelación. Se encontró que las personas con angustia social confesaron más defectos personales, temores y fantasías a los personajes virtuales que a los terapeutas reales que realizaban entrevistas en video.

Los investigadores están incorporando las técnicas aprendidas con Angelina en un agente virtual que se desarrolla para el ejército, llamado SimCoach. Con la guía de programas informáticos de reconocimiento de lenguaje, SimCoach – hay varias versiones, hombre y mujer, joven y de mayor edad, blanco y negro – aparece en una pantalla de computadora y puede realizar una entrevista rudimentaria, buscando con delicadeza posibles problemas mentales.

Con un SimCoach en una computadora portátil, los veteranos y familiares podrían preguntar anónimamente sobre las dificultades que tienen, ya sea que se deban al estrés postraumático o a otras tensiones del servicio.

“No se diagnostica”, notó Jonathan Gratch, un coautor del estudio Angelina junto con Sin-Hwa Kang, también de la USC. “Pero la idea es que SimCoach preguntaría a la gente si le gustaría ver a un terapeuta, y, de ser así, podría entonces canalizarla a alguien en su área, dependiendo de lo que averiguó”.

Mi Avatar, yo mismo
La cara en el espejo no parece conocida; tiene un aspecto genérico, generado por computadora. No obstante, sí parece estar mirando fijamente desde un espejo. Se levanta una mano y sube la suya. Si se asiente, se saluda con la mano, se sonríe, hace lo mismo, simultáneamente. Ahora, mira tu propio cuerpo: y ahí, a través de los auriculares de realidad virtual, hay un torso, piernas, ropa idéntica a las del espejo.

En cuestión de minutos, la gente colocada frente a este espejo virtual se identifica fuertemente con su “cuerpo”, y lo habita psicológicamente, encontraron investigadores de la Universidad de Stanford. Y, con la alteración sutil de elementos de ese personaje encarnado, los científicos han establecido un principio que es fundamental en la terapia: que una experiencia en el mundo virtual puede alterar el comportamiento en la realidad.

“Lo asombroso es lo poco que un humano virtual tiene que hacer para producir efectos bastante grandes en el comportamiento”, comentó Jeremy Bailenson, el director del Laboratorio de Interacción Humana Virtual en Stanford y autor, junto con James Blascovich, del libro de próxima publicación, “Realidad Infinita” (HarperCollins, 2011).

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