Domingo 23 de enero del 2011 | 16:22 The New York Times

El origen de las enfermedades podría estar en el embarazo

THE NEW YORK TIMES | NEW HAVEN, Connecticut

Annie Murphy Paul en su hogar en New Haven con sus hijos Teddy (i), de 5años, y Gus, de 1.

Annie Murphy Paul en su hogar en New Haven con sus hijos Teddy (i), de 5años, y Gus, de 1.

Cuando el primer hijo de la periodista en medicina Annie Murphy Paul era un infante, ella empezó a preguntarse cómo se transmiten las características de la personalidad de una generación a otra. Así que hizo lo que haría cualquier reportero: indagó en la literatura científica y habló con investigadores.

Luego, se embarazó en el transcurso de su investigación. “Originalmente, quería escribir sobre la transmisión de las características y comportamientos en las familias”, dijo Paul, de 38 años, en un entrevista, saboreando té y un panecillo en una cafetería cerca de su casa en esta ciudad.

“Eso, definitivamente, surgió al tener mi primer hijo y pensar en lo que querría transmitirle de mi familia y de la de mi esposo”.

Sin embargo, luego, continuó, le intrigó la idea de que algunas características importantes podrían transmitirse en el útero, durante la gestación. “Eso me pareció una idea asombrosa”, comentó. “Algo entre naturaleza o crianza, o, realmente, ambas”.

La idea la llevó a escribir su nuevo y aclamado libro, “Los orígenes. Cómo los nueve meses previos al nacimiento modelan el resto de nuestra vida”. Dividido en nueve capítulos que reflejan los nueve meses del propio embarazo de Paul, explora la idea de que las enfermedades cardíacas, la diabetes y, quizás, otras más podrían tener su origen durante el embarazo.

Esta hipótesis se sustenta en una sucesión de investigaciones. Algunos científicos tienen la corazonada de que la dieta de una mujer embarazada, así como su exposición a diversos químicos encienden algunos genes fetales y apagan otros. Estos interruptores tienen una función vital en la vida del futuro adulto, haciendo que el niño sea más o menos susceptible a las enfermedades, incluidas las mentales.

Son dobles los objetivos fundamentales de tal investigación: poder afinar la asesoría a las embarazadas y detectar individuos de alto riesgo desde muy temprano, incluso, en el nacimiento. Dicho lo cual, el campo aún está en sus etapas fetales. No obstante, Paul encontró tranquilizadora la investigación. “La gente me pregunta a menudo: ¿Tu investigación te causó más ansiedad por tu embarazo?’”, dijo, “pero encontré justo lo contrario”. La primera vez, agregó, no sabía qué creer, qué tan seriamente tomar las advertencias que confronta toda embarazada.

Es peor “saber un poquito, suficiente para saber que hay que sentir que siempre se está haciendo algo mal”.

“Cuando indagué sobre la investigación y hablé con científicos”, continuó, “pude poner estas conclusiones en contexto y ver el panorama general. Así que quería hacer eso para los lectores”. (Sus hijos tienen ahora cinco y un año.)

Paul dedica cada capítulo a una influencia ambiental que puede surgir durante el mes correspondiente del embarazo. Por ejemplo, escribe sobre hallazgos de que los bebés nacidos de madres obesas usaban la insulina con menor eficacia que los que tenían madres a las que les habían practicado cirugía para perder peso antes del embarazo.

Los hallazgos apuntan a que el ambiente en el útero puede jugar un papel en la diabetes que va más allá de la genética; como lo hace un estudio que encontró que las ratas que se atiborraban de comida chatarra tenían 95% más posibilidades que otras de tener descendencia predispuesta a comer más.

Paul también describe la metilación, el proceso por el cual un grupo de químicos (el metilo) se adhiere a los genes y controla si se apagan o no. Algunos alimentos actúan como metiladores; un estudio en una especie de ratones gordos, predispuestos a la diabetes y el cáncer, encontró que cuando se les sometía a una dieta rica en metiladores, su descendencia crecía delgada y sin un mayor riesgo de enfermedades.

Este tipo de investigación tiene su origen en el trabajo del doctor David Barker, un catedrático de la Universidad de Southampton en Inglaterra, quien relacionó la desnutrición en mujeres con un mayor riesgo de enfermedades cardíacas y diabetes entre su descendencia adulta. Sus ideas, desarrolladas en los 1980, se descartaron ampliamente al principio, pero ahora muchos de sus críticos se han vuelto sus colegas y lo consideran el padre del campo.

Las observaciones de Barker y los experimentos más recientes sobre los mecanismos de gestación son “una combinación increíble de la ciencia médica que se une desde dos direcciones diferentes”, señaló el doctor Alfred Sommer, decano emérito de la Escuela Bloomberg de Salud Pública en Johns Hopkins. Su equipo encontró que la desnutrición en mujeres nepalesas a quienes se les suministró vitamina A durante el embarazo, tuvieron hijos con mayor desarrollo de los pulmones, con lo que quizá se previnieron enfermedades posteriores.

Paul dijo que durante su primer embarazo, temía comer pescado por los potenciales efectos tóxicos del mercurio. Durante el segundo, leyó sobre un estudio que encontró que las mujeres que comían pocos productos del mar durante el embarazo tenían más probabilidades de tener hijos con bajo puntaje en el CI verbal. Empezó a comer sardinas: poco mercurio y muchos ácidos grasos omega 3.

Sus mayores críticas, dijo, no han sido científicos, sino “mujeres comunes que dicen que esto va a hacer que las mujeres sientan más ansiedad y que estoy aumentando la carga que ya sienten las embarazadas”.

“Mi respuesta es que la investigación es real, está sucediendo y vamos a seguir oyendo sobre ella”, señaló Paul. “Estamos ahora en una especie del peor de los mundos’, en el que los medios bombardean a las mujeres con estos mensajes sensacionalistas. Si podemos aprender más al respecto y ver el panorama general, es mejor que las otras opciones: ignorarlo o desestimarlo o permitir que nos enloquezcan las tácticas para atemorizar”.

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