Lunes 24 de enero del 2011 The New York Times

Un refugio de la élite venezolana ve el fin de sus días

THE NEW YORK TIMES | CARACAS

Tres golfistas en el Caracas Country Club en Venezuela. El presidente venezolano Hugo Chávez ha señalado los planes de expropiación para el club.Tres golfistas en el Caracas Country Club en Venezuela. El presidente venezolano Hugo Chávez ha señalado

Tres golfistas en el Caracas Country Club en Venezuela. El presidente venezolano Hugo Chávez ha señalado los planes de expropiación para el club.Tres golfistas en el Caracas Country Club en Venezuela. El presidente venezolano Hugo Chávez ha señalado

Los golfistas siguen discutiendo, como siempre, acerca de sus handicaps. Los meseros desfilan sirviendo copas de champaña Moet & Chandon. El extenso campo creado en la década de los 20 por Olmsted Brothres, destacados arquitectos paisajistas estadounidenses, sigue siendo iluminado por los rayos solares.

La belleza y elegancia del Caracas Country Club, bastión de la opulencia para la élite de Venezuela, parecen estar intactos. Pero quizá no sea así por mucho tiempo. Bajo este ambiente de tranquilidad prevalece una sensación de temor. Un periódico estatal publicó en diciembre un estudio en el que se afirmaba que si el Estado expropiaba las tierras del Caracas Country Club y las de otro club en la ciudad, podrían construirse viviendas para 4.000 familias pobres en las parcelas. La idea dista mucho de ser irrealizable. Después de todo, el gobierno ha expropiado cientos de negocios tan sólo en 2010, y miles de habitantes carecen de techo por las copiosas lluvias que han acentuado la ya de por sí aguda escasez de casas. A instancias del Presidente Hugo Chávez, las víctimas de las inundaciones han sido albergadas en hoteles, museos, el Ministerio de Relaciones Exteriores e incluso en la propia oficina presidencial. (Chávez dice que él se instalará en una tienda de campaña que le fue obsequiada por el líder de Libia, Muammar Khadafi.

“Estamos esperando”, dice Manuel Fuentes, de 69 años, vicepresidente del club, hablando en el inglés que aprendió mientras estudiaba en la Academia Militar de Nueva York. “Sería una tragedia para la ciudad perder un icono como éste, pero es una posibilidad que todos hemos tenido que reconocer”.

Por muchas razones, es notable que un club como éste siga existiendo, dadas las expropiaciones de tantas compañías privadas durante 2010, sean éstas ranchos ganaderos o firmas constructoras. Algunos de los activos expropiados eran propiedad de miembros del Caracas Country Club, pero, de alguna forma, el club y sus entretenimientos y actividades, entre ellas exhibiciones hípicas, hasta ahora parecen haber escapado del peligro.

El club encarna las contradicciones de Venezuela y su revolución inspirada en el socialismo, en la cual la élite acaudalada sigue disfrutando de su estilo lujoso de vida, aun cuando su existencia limitada se vea marcada por un aire de resignación y temor. Sus miembros dicen que el costo de formar parte del establecimiento, que en un tiempo era de 150.000 dólares, se ha reducido ahora a 100.000 dólares, como reflejo, quizá, del temor de pertenecer a un club que está en la mira del gobierno.

Como reliquia de tipos pasados, el club es un símbolo de muchas cosas contra las que está Chávez. Pero mientras muchos de sus miembros resienten los intentos del gobierno de ejercer un control mayor sobre la economía, otros han visto crecer sus fortunas gracias a discretos negocios con el gobierno de Chávez.

Para añadir a sus problemas, los vínculos del club con uno de los enemigos favoritos de Chávez, Estados Unidos, son tan profundos que un ex embajador estadounidense, C. Allan Stewart, murió de un ataque cardiaco cuando jugaba en su campo, y los nombres de sus fundadores, entre ellos un buen número de magnates petroleros estadounidenses, están inscritos en sus muros.

Después de esta inquieta coexistencia, Chávez hizo una exhortación en diciembre a los campos de golf de la ciudad para que se pusieran “la mano en el corazón” para ayudar o albergar a los evacuados por las inundaciones. De no hacerlo, dijo, en una amenaza no tan velada, “nosotros pondremos sus manos allí”.

La reacción al dilema de los clubes refleja el del propio polarizado país. José Berejano, de 34 años, un mensajero motorizado que trabaja en un barrio en el borde sur de los clubes, dijo que le resultaba difícil derramar lágrimas por tal isla de privilegio. “Estamos en una emergencia nacional, y el club tiene tierras que pueden ser usadas para los pobres”, dijo.

A sólo unos pasos de allí, Antonio Jerez, de 42 años, dueño de un puesto de revistas, dijo que una expropiación del club sería una tontería. “Nuestro presidente no respeta a nadie, como si él fuera el único que tiene derecho a las cosas buenas de la vida”, dijo.

Casi ahogada en todo este debate está la opción, apoyada por los propios miembros del club, de que su campo de golf sea convertido en un parque público en esta ciudad, que realmente necesita muchos metros de espacio verde.

El club ha enfrentado antes desafíos a su autonomía. En 2006, el alcalde de Caracas ordenó súbitamente la adquisición del club y sus terrenos. Pero una serie de maniobras de los abogados del club y las disputas entre los aliados del presidente finalmente frenaron la adquisición.

Es mucho lo que ha cambiado, sin embargo, desde 2006, lo que explica la sombra que cubrió al club en diciembre. Chávez, que es ampliamente conocido por su costumbre de telegrafiar públicamente cuáles son sus blancos para ser expropiados, dijo por la televisión estatal que podía ver los vastos terrenos de los campos de golf del club, su césped vacío, desde las alturas cuando viajaba en su helicóptero.

Los directores respondieron diciendo que también el club estaba abierto a los peligros de una inundación, lo que lo hace poco adecuado para la instalación de tiendas de campaña para los evacuados. Añadieron que ya estaban proporcionando ayuda a los empleados del club, muchos de los cuales viven en barrios pobres cercanos, durante las inundaciones.

Ahora el imponente edificio del club, que pocos venezolanos aparte de sus 2.000 miembros y sus invitados conocen, hierve con especulación acerca de lo que sucederá. Una mañana reciente, cerca del salón de belleza y peluquería para hombres, los empleados rumoreaban que funcionarios federales ya habían realizado una inspección secreta de las instalaciones del club.

“Alguien comentó que los había visto”, dijo una miembro del club mientras pasaba por el salón, pidiendo que no se mencionara su nombre debido a la amenaza de secuestro que siempre está latente entre los acaudalados. En cuanto a los supuestos inspectores, añadió, no es que hayan entrado. Para llegar al club se debe conducir a lo largo de un arbolado distrito de mansiones privadas llamada (en inglés, por supuesto) Country Club. Una vez adentro del terreno del club, es fácil toparse con miembros prominentes de las clases más altas, aquellos a quienes Chávez ataca, como Peter Bottome, de 72 años, uno de los dueños de RCTV, una red de televisión crítica del gobierno que fue obligada a salir del espacio público en 2007.

“¿Propiedad privada?, ¿qué es eso?”, preguntó en broma Bottome, mientras se cortaba el cabello en la peluquería.

En otros puntos, los sirvientes se apresuraban a cumplir encargos bajo los candeleros. Las aves tropicales lanzaban graznidos desde sus perchas en los árboles saman. Los dandis, ataviados con blazers acordes con los reglamentos del club, bebían whisky y fumaban plácidamente sus puros en El Pingüino, el bar con aire acondicionado del club, creando una escena que no hubiera estado fuera de lugar en La Habana anterior a la revolución.

Algunos miembros aseguran que Chávez ha cambiado para siempre el ambiente del club, como reflejo del abismo entre los miembros que han chocado abiertamente con el presidente y otros que discretamente han optado por obtener utilidades mediante contratos con su gobierno.

La emergencia de una nueva clase de magnates – llamados oligarcas por su rápida acumulación de riqueza y sus vínculos con el gobierno de Chávez, que rinde homenaje a Bolívar, el héroe la independencia en el siglo XIX – también generó cambios en el club.

Algunos oligarcas, como Wilmer Ruperti, magnate de los buques petroleros, compraron mansiones cerca del club, aunque nunca se unieron a él. Otro hombre de negocios progubernamental, Diego Salazar, es miembro. Un alto funcionario público o dos incluso son vistos ocasionalmente en los terrenos del club. Su presencia captura el auge de una élite y la declinación de otra, y la danza frecuentemente embarazosa de ambos grupos a medida que se desarrolla este proceso.

Vanessa Neumann, escritora cuyo abuelo fue un gran industrial en este país, describió una reciente exhibición de competencia hípica en el club a la cual asistió Alejandro Andrade, ex oficial militar y ahora tesorero nacional de Venezuela. Dijo que el coro de aduladores en torno a Andrade, conocido ampliamente por su afición al deporte hípico y que se mueve con facilidad en tan altos círculos, fue más divertido que la exhibición hípica en sí.

“Una ve a los apparatchiks rindiendo homenaje a la oligarquía a la que públicamente ridiculizan, y viceversa”, dijo Neumann al comentar el ambiente del club ese día. “Los primeros lo hacen por el deseo de pertenecer (a este medio), y los segundos por su necesidad de sobrevivir”.

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