Martes 29 de marzo del 2011 | 18:07 The New York Times

México pone a dieta a sus niños

The New York Times | CIUDAD DE MÉXICO

El gobierno mexicano decidió motivar a sus escolares a consumir menos golosinas y más bocadillos sanos, fruta y agua.

El gobierno mexicano decidió motivar a sus escolares a consumir menos golosinas y más bocadillos sanos, fruta y agua.

México puso a dieta a sus niños en edad escolar a principios del año. Sin embargo, como sucede a menudo con los propósitos de Año Nuevo, hay muchas formas de hacer trampa. Esto es algo de lo que se permite vender en las escuelas según los nuevos lineamientos cuyo propósito es combatir la obesidad infantil: paletas de dulce, papitas y frituras de maíz (en múltiples presentaciones), y galletas (con malvavisco o relleno de chocolate).

Sin embargo, el mensaje se está recibiendo, más o menos. Las porciones rayan en la miniatura; el azúcar está limitada; las papitas son horneadas y no fritas, y están prohibidos los refrescos embotellados en las escuelas primarias.

“Mi doctor me dijo que tengo que beber agua para cuidar mi salud”, dijo Santiago Daniel Torres, un corpulento adolescente de 14 años. No más sándwiches empapados en grasa, ni los chicharrones de cerdo fritos que compraba. “Me los prohibieron”, dijo, mientras un compañero de clase andaba por ahí con paquetes de galletas y papitas. “Más agua, es lo mejor”.

Según todas las mediciones, México es uno de los países con mayor obesidad en el mundo, y ésta empieza a temprana edad. Uno de cada tres niños tiene sobrepeso o es obeso, según el gobierno. Así que funcionarios de salud y educación del país intervinieron el año pasado para limitar lo que las escuelas pueden vender durante el receso. (las escuelas en México no ofrecen almuerzos.)

Los funcionarios rápidamente quedaron atrapados en una red de intereses especiales, liderados por las poderosas compañías de botanas de México, que encontraron apoyo en los reguladores de la Secretaría de Economía. El resultado fue un nudo de normas que entró en vigor el 1 de enero.

“Lo que quedó fue un Frankenstein normativo”, señaló Alejandro Calvillo, el opositor más franco en México a la comida chatarra, en particular los refrescos, en las escuelas. “Están cediendo un mercado cautivo a las compañías para generar consumidores a edad temprana”.

Funcionarios mexicanos argumentan que las nuevas normas son exitosas, aunque se han relajado partes de la propuesta original.

“Logramos hacer las cosas más importantes, que fueron sacar los refrescos y hacer que cambiara la composición de los alimentos”, dijo el doctor José Angel Córdova, el secretario de Salud de México. Estima que un tercio del gasto en salud del país es para combatir enfermedades relacionadas con la obesidad.

Las inquietudes de las compañías de bocadillos pueden ir más allá de sus ventas en las escuelas mexicanas, dijo Córdova. Si México establece un precedente, dijo, otros gobiernos podrían seguir el ejemplo.

“Tuvimos que negociar y negociar, y repentinamente se complicó”, explicó Córdova. “Trataron de retrasar el momento oportuno hasta que finalmente sólo nos impusimos y aplicamos la normatividad”.

El secretario de Educación, Alonso Lujambio, dijo las nuevas normas había retirado 90 por ciento de las frituras de las escuelas. “Es un cambio muy agresivo”, aseguró.

Sin embargo, se quedó corto ante la sugerencia de que debería prohibirse toda la comida chatarra en las escuelas. “El problema central es educar a los niños a ejercitar la moderación en lo que comen y enfatizar productos más sanos”, señaló Lujambio.

Es un enfoque de altos principios que no concuerda con una escena durante un periodo de receso reciente en una escuela secundaria en el centro de la Ciudad de México.

Cuando sonó la campana a las 10:50 de la mañana, los chicos salieron a un patiecito, donde Marisela Beltrán vendía sándwiches de pollo.

Consciente de los nuevos lineamientos, Beltrán ha estado experimentando con alimentos más sanos, trayendo naranjas y ofreciendo en una ocasión una ensalada de nueces picadas, uvas pasas, lechuga y manzana. No fue popular, dijo su sobrino Francisco Peralta, quien vende las botanas empacadas en la escuela.

“Cuando traemos cosas de esas al patio, me atacan ahí”, dijo señalando su tiendita que parece armario, donde exhibe galletas, barritas de salvado y jugos en estantes de madera.

Las compañías de alimentos, incluidas multinacionales de Europa y Estados Unidos, dicen que su nueva cartera de bocadillos para las escuelas es evidencia de que están empeñadas en combatir el problema. Pero también se quejan de que se les obliga a competir con vendedores ambulantes que se colocan afuera de los accesos a los planteles para vender comida chatarra barata a los niños cuando se dirigen a su casa.

“No es un problema de sólo un momento; son muchos momentos en muchos días”, dijo Luis René Martínez Souverveille, el director de asuntos corporativos del Grupo Bimbo, una empresa mexicana de productos horneados y botanas, dueña de varias marcas en Estados Unidos, incluida Entenmann’s.

Funcionarios de la industria argumentan que son un blanco fácil.

“Creo que en cierto sentido se trata de un problema muy difícil, y la población, la sociedad, quiere tener una barita mágica y quiere culpar a alguien por algo que al final de cuentas está relacionado con la responsabilidad personal y un estilo de vida personal”, explicó Jaime Zabludovsky, el presidente ejecutivo de COMEXI, la asociación comercial de fabricantes de productos de consumo.

A pesar de la dificultad del problema, al menos la directora de un plantel encontró una solución simple. Vienen los vendedores de botanas, “tocan la puerta y simplemente decimos que no”, comentó la directora, María Teresa Zamorano.

Desde que, en agosto, se hizo cargo de la Escuela Primaria Estado de Quintana Roo, en un barrio de clase obrera en la Ciudad de México, Zamorano reformó el menú para el receso.

Un día recientemente hubo una comida caliente de arroz y tortillas, nopales con huevo y cebolla, y calabacitas con queso panela. Sus alumnos podían escoger entre rebanadas frescas de pepino, jícama y sandía, y elotes cocidos. De postre, había paletas heladas y vasitos de gelatina.

“Lo más importante es que los niños aprendan por ellos mismos, que hablen con sus padres ellos mismos”, dijo Zamorano.

Parece estar funcionando en su escuela. Verónica Cruz Hernández ahora manda a su hija de seis años, Fátima, a clases con un refrigerio empacado de un sándwich de jamón, mango rebanado, palitos de pepino y agua. No más refrescos. “No quiere ser gorda como yo”, dijo Cruz.

Al finalizar el día escolar, los alumnos salieron por las puertas hacia una calle estrecha llena de vendedores que ofrecían dulces, papitas, nachos y helados. Muchos compraron bocadillos para el camino a casa.

No obstante, no olvidaron las lecciones escolares.

“Casi todas las niñas comen fruta”, comentó Leticia García Gutiérrez, de 11 años de edad. Después, agregó: “A veces comemos dulces. Pero eso es porque somos niñas”.

0001BL3
The New York Times

Diseño

© Copyright 2011. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.