Lunes 09 de enero del 2012 The New York Times

Las videoconferencias modifican los rituales domésticos

The New York Service

Participar en – y no sólo oír hablar de – la vida cotidiana de los niños parece ser uno de los mayores atractivos de las videoconferencias.

Participar en – y no sólo oír hablar de – la vida cotidiana de los niños parece ser uno de los mayores atractivos de las videoconferencias.

Después del anochecer en diciembre, la familia Darvick de Birmingham, Michigan, empezó los rituales de Janucá, tal como lo habían hecho durante años.

Debra y Martin Darvick arreglaron una menorá que les regalaron unos parientes muertos hace mucho. Su hijo Elliot de 27 años prendió un cerillo y encendió la primera vela. Y su hermana Emma, de 24, se unió a la oración.
Sin embargo, los Darvick celebraron esta tradición de siglos de antigüedad con un giro moderno: la familia se encontraba en tres ciudades distintas de Estados Unidos, pero estaba conectada por Skype.

''La llamamos Skypanucá’', dijo Elliot sobre la segunda ocasión  en la que la familia usa el servicio de videoconferencia para la celebración anual. ''Poder usar Skype en una festividad me permite, básicamente, forjar un recuerdo con mi familia que no podría tener de no ser así’'.

Aunque ahora Skype tiene ocho años, el programa informático – y otros parecidos, incluidos FaceTime de Apple y el chat de Google – se ha convertido en una parte integrante y común en un creciente número de hogares estadounidenses, proporcionando nuevas formas para que las familias sigan conectadas en una época en la que es menos factible que las generaciones se reúnan en torno a la mesa las tardes de domingo para compartir la comida.

También están, claro, los usos familiares: las sobrinas que interpretan rutinas de danza para las tías, hermanos que presumen a sus primos las decoraciones por las festividades, y abuelos que conocen a nietos nuevos, a pesar de estar separados por cientos o miles de kilómetros.

No obstante, a medida que Skype se convierte en parte de la vida cotidiana, las familias alejadas abren juntas los regalos de cumpleaños, leen cuentos antes de dormir e, incluso, cuidan brevemente a los niños. Y, en lugar de sólo establecer la videoconferencia para ponerse al día, la gente las usa para compartir experiencias que de otra forma requerirían de un boleto de avión.

Con la proliferación de las cámaras y los micrófonos integrados a las computadoras y los aparatos móviles, las conexiones de banda ancha, y las mejoras en los programas, se hacen videoconferencias por Skype por un promedio de 300 millones de minutos al día en todo el mundo, un incremento de alrededor de 900 por ciento respecto de 2007, según datos proporcionados por la compañía. Muchas más llamadas se hacen usando otros programas informáticos populares, como FaceTime y chat de Google.

Los domingos por la mañana en Estados Unidos, durante la hora pico, 30 millones de personas están conectadas a su cuenta de Skype, y medio millón sostiene simultáneamente videoconferencias, dijo la empresa.

Este verano, cuando Jamie van Houton, de 28 años, se mudó de Riverside, California, a Ohio, con seis meses de embarazo, a su mejor amiga, Tasha Montgomery, de 33 años, le preocupaba que se sintiera sola en vísperas del parto.

''Realmente no conocían a nadie allá’', dijo Montgomery. En julio, decidió ofrecer un ''baby shower’' por video chat y reclutó a amistades mutuas en Riverside para que prepararan un platillo y se unieran a ellas en la fiesta antes de mediodía.

''La colocamos sobre la repisa de la chimenea para que pudiera ver a todas’', contó Montgomery, quien le había enviado por correo un banderín con antelación. ''Esperábamos que la fiesta se llevara de dos a dos horas y media, y la gente terminó quedándose y platicando por cuatro o cinco horas. Fue increíble’'.

Van Houton, quien colgó el banderín atrás de ella para que las invitadas pudieran verla, comentó que le sorprendió cuán animado resultó su ''shower’' de alta tecnología.

''Pensé: 'Oh, será divertido pero no será lo mismo que estar ahí’'', relató Van Houton. ''Pero resultó ser aún mejor’', dijo, y explicó cómo las amigas también tomaron turnos para hablar con ella. ''Pude conectarme con todas, una por una, mucho más que si hubiera estado allá’'.

Las videoconferencias también están ganando más pensionados para su base de entusiastas, a medida que más centros para séniores ofrecen clases para enseñar a los ancianos cómo iniciar, inscribirse y entrar.

Elaine Welin, de 64 años, una tecnóloga retirada, quien tiene una computadora portátil en la mesa del comedor, cerca de una carpeta a gancho y una veladora aromática, usa el servicio a menudo para beber el café matutino con una de varias amistades que viven en la misma ciudad.

''Me encanta hacer eso’', notó Welin, quien da clases para usar Skype en el centro para séniores L.E. Phillips en Eau Claire, Wisconsin. ''Nos sentamos a beber el café y sólo platicar. Dicen: '¿Qué traes puesto Elaine?'. Y les respondo: '¡No vean!' Es sólo mi vieja bata’''.

Los padres de niños pequeños también descubrieron un beneficio inesperado. Durante una videoconferencia con sus padres hace dos años, Jeremy Rothman-Shore, de 36 años, de Cambridge, Massachusetts, quería comprar sopa para su esposa Aviva, embarazada de su segundo hijo y en cama por un resfriado. Preguntó a sus padres, Deborah y Robert Rothman de Rochester, Nueva York, si podían entretener a su hija Ayelet, a la sazón con dos años, durante la media hora que calculaba le llevaría ir y regresar del restaurante asiático local.

''Mi esposa apenas si podía sentarse’', explicó Jeremy Rothman-Shore. A su regreso, Ayelet ''participaba y la estaba pasando bomba’'.

''Fue mucho mejor que plantarla frente al televisor’', comentó. ''Y mis padres también estaban felices. No es cuidar niños en el sentido de: 'Hey, niños, los veo en un par de horas’, sino que es ese par extra de manos’'.

Participar en – y no sólo oír hablar de – la vida cotidiana de los niños parece ser uno de los mayores atractivos de las videoconferencias.

A Welin, de Fall Creek, Wisconsin, le hizo gracia que Maleah, su nieta de 10 años, en Stevens Point, quisiera presumirle la decoración de su recámara. ''Dijo: 'Abuelita, quiero ver mis cortinas nuevas’. Entonces, recogió la computadora portátil, la volteó y caminó con ella por toda la habitación’', relató Welin. ''Estaba tan orgullosa’'. Al igual que las videoconferencias ayudan a las familias a festejar la vida, también pueden ayudar a sobrellevar la muerte.

Durante más de una década, Maxine Jackson, de 90 años, madre de 11 hijos y una de siete hermanos en Lansing Michigan, había hablado por teléfono dos veces al día con la más joven de sus hermanas vivas, Selia Mae Basdon, quien vivía en una pequeña ciudad cerca de San Luis. A principios de 2011, su ritual terminó cuando Basdon, quien padecía de cáncer de colon, ingresó en una residencia para enfermos terminales.

Preocupado de que su madre no tuviera oportunidad de despedirse de su hermana menor, Jerome Jackson, quien es conocido como J.J., arregló una videoconferencia por Skype. ''Selia Mae estaba muy enferma, y sabíamos que no le quedaba mucho de vida’', explicó, y agregó que su madre perdió a dos hermanos y una hermana en los últimos cinco años, y que no pudo hacerle a ninguno una visita final.

Después que un amigo espabilado en tecnología hizo el montaje, Maxine Jackson pudo ver a Selia Mae en la pantalla de una computadora portátil en la mesa de su comedor. ''Montamos todo, y ellas estaban listas en su extremo, y ¡voilá!, teníamos imagen y sonido’', recordó Jerome Jackson. ''Y nunca se me olvidará el momento porque había unas 11 o 12 personas reunidas en la sala y la cocina de mi madre, y parecía que todas esperaban el momento. Y escuché decir a mi madre: '¡Te veo Mae, Mae!'. Y sólo se me llenaron los ojos de lágrimas’'.

Si bien la tecnología ha abierto nuevas oportunidades, también ha creado un conjunto de complicaciones.

Una madre en Vancouver (no aparece su nombre aquí para proteger la privacidad de su infanta), se quejó de que su ex marido, quien conversa por videoconferencia tres veces a la semana con su hija de 23 meses, parecía creer que ese tipo de interacciones son una forma adecuada de ser un padre. Le ha ''dado una excusa para ser un padre ausente’'.

''Puede decir: 'Oh, sí, la vi, está haciendo esto y lo otro’'', dijo la madre. ''Pero ella no tiene un sentido de él. No lo puede tocar, no lo puede sentir. No hay nada de esa otra experiencia sensorial. No la ha visto en persona desde que tenía tres semanas de nacida’'.

Las videoconferencias también conllevan ciertos riesgos.

Se ''pueden grabar y, potencialmente, compartir a través de cualquier otra plataforma en internet’', expresó Jill Murphy, la directora editorial de Common Sense Media. ''Tu hijo no necesariamente sabe eso’'. El organismo no lucrativo para padres ofrece una lista de consejos sobre las videoconferencias en su sitio web, como asegurarse que la configuración de privacidad evita que extraños soliciten llamadas.

''Si a tus hijos les gusta tener público’', agregó Murphy, ''tienes que observar su comportamiento, como partes del cuerpo que pueden terminar en exhibición’'.

Pese a todos los beneficios, Skype y otros programas de videoconferencias tienen limitaciones inevitables.

''No hay ninguna tecnología que pueda reproducir alguna vez lo que significa estar con tus hijos en persona’', señaló Debra Darvick, refiriéndose a cómo, antes de las reuniones de la familia para celebrar Janucá por Skype, cocinaba ''latkes’', pero sólo la mitad de su familia estaba para comerlas.
''Es grandioso, y, sin embargo, nada supera a tener a mis hijos en mi casa, en mis brazos, celebrando a la misma mesa’'.

''Por increíble que haya sido’', agregó, ''sólo hizo que los extrañara más’'.

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